Calidoscopio

Julio 07, 2016 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

Tal parece que fue Winston Churchill quien dijo que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Igualmente se puede concluir que los ciudadanos viven en las ciudades que cosechan, y lo hacen especialmente mal cuando la informalidad corre paralela a la ilegalidad, que es lo que sucede cuando la ‘democracia’ es precaria, ignorante y corrupta, y las manipula, y no el menos malo de los gobiernos como también dijo Churchill, quien pensaba que en los edificios no únicamente se lleva a cabo la vida ciudadana sino que la condicionan. De ahí la importancia de proteger y valorar el patrimonio construido, especialmente su uso y no apenas su imagen ya desvirtuada groseramente.De otro lado, la arquitectura es toda la que se construye a propósito para el ser humano, ya sea vernácula, campesina, popular, culta o, ahora, profesional, y por supuesto todas hacen parte de la cultura. Pero el problema surge cuando están revueltas sin considerar su emplazamiento, uso, construcción, forma y proceso de diseño, aprobación y edificación. Es decir, sin un plan director único que las ordene tanto en el espacio como en el tiempo, que no se abandone o se cambie cada pocos años con la elección ‘democrática’ de sus ‘dirigentes’. Por eso es más importante tener mejores concejales, asesorados por gremios y universidades, que fugaces e improvisados alcaldes salvadores.Pero además antes el tiempo transcurría lentamente para la arquitectura, y aún más para la ciudad, y su espacio urbano era pequeño y comprensible para todos, dando lugar a que los ciudadanos compartieran a lo largo de varias generaciones un modo de vida, costumbres, conocimientos y grado de desarrollo: una cultura. Ahora todo cambia muy rápido, demasiado, ahí sí cabría decir, y las conurbaciones se han extendido sin límites, y, agravando todo, ya no hay unos pocos ciudadanos sino millones de habitantes que habitan simultáneamente ‘ciudades’ muy diferentes y en ‘tiempos’ muy distintos. En consecuencia, están mal revueltos y no creativa y productivamente juntos.Es el caso típico de Cali, y que ha generado sus actuales problemas de seguridad, movilidad, caos visual, ruido y aprovisionamiento futuro de agua, además del deterioro creciente de su paisaje natural y las amenazas de un sismo o una inundación o los dos juntos. Pero igual está el deterioro de la imagen colectiva de la ciudad, que sus nuevos habitantes ya no reconocen, pues han eliminado en el último medio siglo la mayoría de las edificaciones y espacios urbanos que la conformaban, dificultando hoy su identificación con ella y por consiguiente su convivencia en ella. No la habitan junto con los otros armoniosamente sino en contra de ellos, llegando con frecuencia a la violencia.En conclusión, difícilmente se pueden solucionar los problemas del conjunto diverso y cambiante que es Cali si no se reconoce antes qué los originó. Una mejor ciudad sin duda generaría más empleos pero lograrlos a como dé lugar lleva a lo contrario. Más construcciones no representan más ciudad cuando la extienden innecesariamente, ni más venta de carros mejora la movilidad sino que congestionan las vías, ni más puentes agilizan el tránsito sino que desplazan el trancón. Pero desde luego tener más policías si disminuye la inseguridad y brinda nuevos empleos, y por supuesto debería estar activa las 24 horas del día y no sólo el ruido ajeno que generan comercios, bares y discotecas cuando no hay control.Sigue en Twitter @BarneyCaldas

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