Cali

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Junio 02, 2016 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

Con casi cinco siglos, es una de las fundaciones más antiguas del país, pero sólo quedan La Merced, la Torre Mudéjar, la capilla de San Antonio y San Francisco. Su repentina mutación de villa colonial, de unos tres mil habitantes, a capital de departamento, se dio a inicios del Siglo XX con la apertura del canal de Panamá y el ferrocarril al puerto de Buenaventura, lo que llevó a constituir el Departamento del Valle del Cauca.Se levantaron el Palacio de San Francisco, el Cuartel del Batallón Pichincha, la nueva Catedral, el Hotel Alférez Real, el colegio El Amparo, el antiguo Club Colombia, todos demolidos, la vieja Estación, que ‘voló’ con la ‘Explosión de Cali’; y Santa Rosa, el colegio de San Luis, el Palacio Nacional, el Hotel Europa (Edificio Otero), los teatros Municipal e Isaacs, y la Colombiana de Tabaco, todos aún en pie. Era una pequeña capital de 30 mil habitantes influenciada por lo europeo y fue su época de más rápido crecimiento.A mediados del siglo, con la violencia seguida al asesinato de Gaitán, y después con la Revolución Cubana, que inició el monocultivo de la caña de azúcar, la ciudad siguió creciendo rápidamente. Se construyeron el colegio de Santa Librada, el Liceo Benalcázar, la nueva Estación del Ferrocarril, el Conservatorio, muchas casas español californiano, y Laboratorios Squibb, el Club Campestre y apartamentos, oficinas y casas modernas, muchas ya demolidas. Tenía unos trescientos mil habitantes y la llamaban ‘la sucursal del cielo’.Queriendo ‘progreso’, ‘desarrollo’ y ‘modernidad’, a la moda de unos USA triunfadores en la II Guerra Mundial, ‘la capital deportiva de América’ logró los Juegos Panamericanos, desapareció el Club de Tenis y se demolieron los edificios mencionados arriba además del claustro y capilla coloniales de Santa Librada, y casi todas las casas ‘viejas’ del Centro, salvándose solo las de San Antonio. Se construyeron algunas instalaciones deportivas, la nueva Gobernación, el CAM, el nuevo Club Colombia, el aeropuerto actual, la Universidad del Valle y la FES.A finales del siglo, ya permeada por el narcotráfico, creció más allá de los límites del Municipio, al otro lado del río Cauca, y se unió con Jamundí al sur y Yumbo al norte, sumando hoy unos tres millones de habitantes. Cayeron muchos edificios modernistas, que quedaban en el Centro, Centenario y Granada, se robaron el Club San Fernando, y San Antonio está comprometido de nuevo por el cambio total de uso en sus viviendas. Todos los colegios y universidades quedaron en el Sur, el Centro de Eventos en Yumbo, nadie vive en el Centro y la ciudad se llenó de centros comerciales.Así, las últimas generaciones de las muy escasas familias de caleños raizales han vivido ciudades diferentes, con solo paisaje, vegetación y clima comunes pues su río y cerros están cada vez más ocultos, y ni se diga la mayoría de sus habitantes actuales, venidos de otras partes. No comparten una misma imagen colectiva de la ciudad, lo que contribuye al vandalismo, la inseguridad y la falta de civismo.Ahora está amenazada por un eventual terremoto, la ruptura del jarrillón, que volvió el río Cauca un canal, el colapso del MÍO, y la inminente falta de agua potable. Carece de un verdadero Plan de Ordenamiento y rumba la corrupción y el individualismo. E insiste en destruir su patrimonio construido, víctima de un ‘alzheimer’ colectivo respecto a la ciudad, tema de esta columna desde 1998: La destrucción de una tradición.

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