Arquitectura hoy

Mayo 05, 2011 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

La arquitectura es un oficio, es decir una ocupación habitual y profesional, centrada en el arte y la técnica de proyectar espacios para la vida humana, que se puedan construir económicamente, y sean sostenibles, habitables, funcionales, confortables, seguros y emocionantes, y que además se puedan adecuar a nuevas circunstancias y renovar con facilidad para que duren lo más posible y, si es del caso, reciclar con la menor pérdida de materiales, componentes y elementos. Técnicas, pues son varias, que son la aplicación de algunas ciencias pero con sentido artístico, es decir con una visión personal de lo proyectado, mediante recursos plásticos, sonoros y táctiles, y no apenas de su estética, que es ocuparse de que su aspecto también sea bello y elegante. Edificios que generan volúmenes que conforman los espacios urbanos privados y públicos de las ciudades, y de ahí que estas sean obras de arte colectivo, como ya muchos han dicho hace años pero que entre nosotros pocos han entendido y ni siquiera visto, y de ahí lo fea en que hemos convertido a Cali.La buena arquitectura depende de los buenos clientes y no apenas de buenos arquitectos. A estos los mejora, y transforma al promotor en un ‘committente’ al que le importa la arquitectura. Que es lo que deberían ser en primera instancia los alcaldes de las ciudades, como lo fueron antes repetidamente y de primer orden faraones, reyes, príncipes y califas, al punto de ser casi sinónimos de mecenas. Como Pascal Maragall y su transformación de Barcelona de la mano del arquitecto Oriol Bohigas con el pretexto de los Juegos Olímpicos de 1992. Pero igualmente los ciudadanos comunes deben estar enterados de las ciudades en tanto artefactos y de ahí la importancia de la exposición sobre la obra de Rogelio Salmona que se inaugura esta noche en La Tertulia. Para él la arquitectura y el espacio urbano siempre fueron inseparables, y desde sus primeros edificios buscó hacer ciudades para la gente, y en sus grandes proyectos residenciales proponía espacios urbanos jerarquizados como siempre lo fueron desde que las ciudades occidentales se conformaron hace cerca de diez milenios en Mesopotamia. Para Salmona la ciudad es civilización pero, como él lo dijo, las colombianas se han construido y destruido varias veces en un tiempo demasiado corto. Por eso entendió que los edificios con frecuencia deben ceder su protagonismo a construcciones y espacios preexistentes, y en sus proyectos, con la entendible excepción de las casas, los primeros pisos son abiertos, consecuentemente con su lucha contra la creciente privatización de nuestro espacio público. En todos insiste en la permanencia de lo urbano pero invariablemente ennoblece con sus edificios las ciudades en donde interviene, poniendo la mejor arquitectura del país al servicio de sus ciudadanos comunes para que habiten con dignidad, poesía y placer. Esto convierte su práctica en una ética de la arquitectura, crucial en nuestra incipiente sociedad urbana y urgente en nuestras maltrechas ciudades. Su obra responde a la geografía e historia del país y es inconfundible en la medida en que conforma ciudad, abriendo un nuevo camino a la arquitectura colombiana, y que deberían estudiar más nuestras escuelas de arquitectura.

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