Arquitectura escrita

Agosto 06, 2015 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

Además de la dificultad de dibujar espacios y no apenas volúmenes, cómo representar en planos un ambiente arquitectónico. ¿Cómo dibujar la resonancia de un recinto, o su luz o penumbra o la brisa que pasa? ¿Qué de los muebles y objetos diversos que lo llenan? ¿Qué de las personas que lo ocupan? ¿Y los sonidos? ¿Y los olores? Todo toca imaginarlo para poderlo ‘tocar’ y después ¡escribirlo! para luego leerlo y releerlo. Y ni se diga la imposibilidad de representar los recorridos y estancias a lo largo del tiempo de los diferentes usuarios (niños, jóvenes, adultos y viejos, mujeres y hombres), y en muy distintas circunstancias (sanos, enfermos o impedidos), en un entorno que cambia de imagen (de noche o de día) y de actividad (ya sean ocupados o desocupados) todo el tiempo; hay que decirlo y proceder a escribirlo para no olvidarlo.Y es muy difícil dibujar transparencias y reflejos, y casi imposible hacerlo con el agua que murmura y da frescura y placidez. Todos ellos sensaciones, evocaciones, encantos, embrujos y asombros propios de todo ambiente arquitectónico, y la única manera de describirlos es en una memoria escrita al mismo tiempo que se adelanta con dibujos el proyecto, cuyo nombre precisamente indica que es para no olvidarlos.Para componer el proyecto de un edificio o de un espacio urbano, es imprescindible hacer y rehacer los diferentes tipos de dibujo que lo representan, y hacer los cambios que cada uno de ellos genera en los otros, y poner suficientes notas escritas en ellos, concisas y claras, para lo que no se puede dibujar, las que a su vez alimentan la memoria mencionada que debe acompañar siempre los dibujos para mantenerlos a raya.Cómo, si no es dejándolo por escrito, se puede entender que lo que es cierto en el trópico es que la arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes, pero no bajo la luz del Sol, como dijo bellamente Le Corbusier, si no bajo la acogedora sombra, como concluye con mucha razón el arquitecto panameño Ariel Espino, e incluso sería más apropiado en este caso decir ambientes y no volúmenes.Y hablando de temperatura, Immanuel Kant definía metafóricamente a la arquitectura como “música congelada”. ¿Cómo dibujarla? Pues como dice un poema áulico en la sala de las Dos Hermanas en la Alhambra, y se podría repetir para muchas obras maestras de la arquitectura en el mundo, su “bella estructura ha pasado ya a proverbio, y (su justa) alabanza está en los labios de todos” cuya caligrafía si es dibujada.Y para poner a hablar a las ciudades, que tienen tanto qué decir, hay que escribir sobre ellas y hacerlo desde otra ciudad, la propia, más hacerlo considerando la advertencia implícita en los versos de Don Francisco de Quevedo (1580-1645) el gran poeta del Siglo de Oro español: Buscas en Roma a Roma, oh peregrino, y en Roma misma a Roma no la hallas: cadáver son las que ostentó murallas y tumba de sí propio el Aventino.Para escribir, decía Óscar Wilde, solamente hay dos reglas: tener algo que decir y decirlo. Y en arquitectura sí que vale la pena escribir lo que se quiere construir antes de proyectarlo para no caer bajo el dominio del dibujo, el cual es apenas un medio y nunca debería ser un fin, como suele pasar sobre todo entre los estudiantes y los malos profesores que no diseñan… ni escriben ni leen, y que ni siquiera dibujan.

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