La Picota y el hacinamiento

Abril 15, 2016 - 12:00 a.m. Por: Beatriz López

Las recientes denuncias sobre la escabrosa historia de crímenes en la cárcel de La Picota y otras prisiones colombianas, en el 2000, cuando centenares de personas fueron torturadas, asesinadas y ‘picadas’ para tirarlas por las cañerías, no parecen sobrecoger a una sociedad anestesiada frente a la violencia que cada vez adquiere ribetes de profunda degradación humana.Para entender la problemática del sistema carcelario nacional hay que leer el libro que lanzó hace poco el exmagistrado, tratadista y catedrático Fernando Tocora, ‘Política criminal en América Latina’, donde pone al descubierto las falencias de los procesos de criminalización en el continente, cuando afirma que según el informe 2010 de la World Justice Project, “los sistemas penales de América Latina están entre los peores del mundo, especialmente los de Colombia y México”.Tocora, quien acaba de viajar a París para un doctorado en Filosofía, nació en Cundinamarca, pero vive en Cali desde hace 55 años. Ejerció como Juez Penal en Cali y Magistrado del Tribunal en Buga y ha publicado 10 libros, algunos de ellos en México y Argentina. Tiene postgrados en las universidades de Montreal y París y en la Public Defender Office de Miami.No voy a referirme a los temas apasionantes que el analiza sobre el sistema acusatorio, que instauró en el país el exfiscal Mario Iguarán, del cual dice que es una falsa panacea, ni al espinoso asunto de la droga y la doble moral que ha manejado nuestro país en materia de represión e intereses económicos cuando sostuvo por años la inmoral ‘ventanilla siniestra’. Solo quiero hacer énfasis en el explosivo capítulo ‘Cárceles: laberintos y cerrojos’.Así describe la ley que crea o aumenta penas, cuando el Estado no ve que además de cama y comida, “las cárceles están cargadas de violencia, violencia oficial, violencia entre los mismos presos, violencia por el aire que se respira, violencia del hacinamiento fétido, violencia de regímenes disciplinarios draconianos. La dosis de dolor es mayor que la de la ecuación delito=pena. Finalmente es una sobredosis”.“¿Qué puede pensar un ladrón callejero”, pregunta el catedrático, “cuando lee titulares de prensa sobre robos o peculados millonarios cometidos por señores de ‘cuello blanco’, que él nunca se topa en las cárceles? ¿Qué puede pensar un marihuanero de verse lanzado violentamente a la cárcel, cuando una buena parte de la sociedad que lo condena convive y hace negocios con los narcotraficantes?”.Según el ex magistrado, “la tendencia, es privatizar la justicia. La política neoliberal, en su voracidad económica y en su menosprecio a la dignidad humana, quiere someterlo todo a las leyes del mercado; por ello auspician las propuestas corporativas de cárceles privadas, cuya lógica de utilidad mercantil poco o nada tienen que ver con los principios proclamados de humanidad y dignidad de los reos y de restauración de los derechos de las víctimas”. In Memorian: un abrazo de solidaridad y afecto para Alfonso Ocampo Londoño, por la muerte en Miami de su hija María Luisa, la última funcionaria que dirigió con acierto a Emsirva. Lo mismo para Juliana Garcés, eficiente directora de la Biblioteca Departamental y el Teatro Municipal, por el fallecimiento en Suiza de su mamá Nancy Saroli de Garcés.Entretanto: Es inexplicable que a un ejecutivo de la trayectoria de Roberto Pizarro, exdirector ejecutivo de la Fundación Carvajal, no le hubieran rogado que se quedara liderando el chicharrón más difícil de la administración de Armitage, como es el del Jarillón.

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