In Memorian

Mayo 17, 2013 - 12:00 a.m. Por: Beatriz López

La verdadera dimensión de un hombre se manifiesta en la enfermedad y a la hora de morir. La trayectoria de sus logros poco o nada importan cuando al dolor físico se suma el abatimiento por la pérdida irreparable de afectos entrañables. Acaba de pasar con la muerte de José Vicente Borrero, uno de los últimos patricios del Cali de antes, del cual solo nos queda una urbe caótica y sin identidad.*** En dos ocasiones fue Alcalde de Cali, cargo que ejerció con la pulcritud y la honestidad que reconoció hasta el expresidente Alfonso López Michelsen, cuando llamó a Borrero el “alcalde de las manos limpias”. En el Sena del Valle, dejó huella al integrar un equipo que después de más de 20 años aún lo recuerda como el gran organizador e inolvidable ser humano. ***Era la época en que la política se ejercía como un servicio a la ciudad. No eran necesarios los informes de gestión, donde se cuadran las cifras con estadísticas amañadas. Todo estaba a la vista: puentes, avenidas, calles, dineros invertidos. Borrero fue alcalde por segunda vez después de los Juegos Panamericanos, cuando Cali se había jugado sus restos. Supo manejar con gran acierto las vacas flacas.***No voy a referirme a las obras que realizó durante sus dos administraciones, ni a su bonhomía, ni a su amor por Cali y Popayán, donde nació y se graduó de abogado en la Universidad del Cauca, ni a su profundo concepto de la amistad, ni a su inteligencia, ni a sus certeros análisis de la realidad nacional, ni a su deliciosa charla llena de anécdotas. Alfredo Carvajal lo dijo todo. ***Lo que quiero destacar es la actitud de José Vicente Borrero durante los últimos días de su vida. A ese roble inamovible física y moralmente, le cayó un rayo al morir su hija Ana Lucía, hace 18 años. Lo vimos sumido en la más profunda depresión. No quería ni hablar, ni vivir. Después fue su hermano del alma, Hugo Borrero, otro ser irrepetible, que murió de un infarto fulminante. Pero lo que devastó su menguada resistencia fue la muerte, hace 6 años, en la sala de operaciones (mientras le practicaban un bypass gástrico) de su único hijo hombre, José Manuel, su álter ego, su compañero de visitas semanales a la finca, y el que heredó de su mama Yolanda el gusto por la sazón y la buena cocina. ***Poco tiempo después, y como para probar a este hombre justo, de profundas convicciones religiosas, le detectaron un cáncer que lo tuvo postrado durante los últimos dos años. Yolanda, su esposa, y su hija María Virginia, estuvieron al pie de él, día y noche. Sus amigos nos turnábamos para visitarlo y comentar los últimos acontecimientos del país y de la ciudad. Todos sabíamos de sus dolores agudos, de la piel que no cicatrizaba. Y sin embargo, jamás dejo de sonreír.***El último día, antes de morir, llegó el sacerdote que le llevaba la comunión los domingos, y le dijo: “Padre así de mal estoy, ¿qué me trae los santos óleos?”. En la tarde comenzó su agonía. El legado que deja José a sus nietos no es solo la transparencia de sus actos sino la dignidad, la fortaleza interior y el coraje para enfrentar la enfermedad, el dolor y la muerte. Eso lo saben Yolanda Garrido, su esposa y compañera por más de 50 años, su hija María Virginia, el polo a tierra de la familia, sus 5 nietos y sus amigos más cercanos. ***Entretanto: 1. ¿Será verdad que suena un miembro de la tercera generación Otoya para ocupar la gerencia de Emcali? 2. Por fin, ayer quedó abierta la Avenida Colombia después de dos años de inexplicables atrasos. Cali tiene hoy otra cara. 3. Suena paradójico que Antioquia que hoy celebra jubilosamente la canonización de la primera santa colombiana, sea la región del país donde hay un mayor maltrato e incluso asesinato de mujeres.

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