Volcán de luces

Agosto 09, 2016 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

El Maracaná estalló en colores. Un cráter lanzando llamaradas naranja iluminó el Cristo de Corcovado, encendió los callejones de las favelas, regó de chispitas la bahía de Copacabana y se incrustó como diminutos diamantes en el corazón de los millones de espectadores que emocionados seguimos la inauguración de los primeros Juegos Olímpicos en territorio suramericano.Brasil nos acaba de demostrar, como afirmó Carlos Arthur Nuzman, el responsable de esta mega organización, que cuando se sueña alcanzar una meta con pasión, nada lo impide. Creer en los sueños, repitió una y otra vez, pletórico de alegría, contagiando a los miles de asistentes.Río de Janeiro nos devuelve la esperanza. El desfile de 207 países en perfecta armonía es una afirmación contundente de que sí podemos, si queremos, vivir en paz. La juventud tiene que seguir portando esta antorcha. La política y la ambición de poder son las generadoras de las guerras. El deporte, la música, el arte, la literatura, significan la paz. Las fronteras, el racismo, la inequidad, los genocidios, las hambrunas. Son el resultado de sistemas macabros, originados por la ambición y la avaricia.La historia de la humanidad está escrita con la sangre de millones y millones de hombres y mujeres que fueron condenados a odiarse y matarse para satisfacer a unos pocos. Las religiones, los sistemas, las ideologías, los valores, se prostituyen cuando el dinero y el poder están en juego. Los muertos son siempre anónimos, enterrados en fosas comunes. Olvidados para siempre. Los depredadores se recuerdan con estatuas.Palestinos e Israelíes. Musulmanes y cristianos. Iraníes y franceses. Alemanes y rusos. Norteamericanos y japoneses, marchando al unísono, sonrientes y fraternales. Atrás quedan el Holocausto, las bombas atómicas sobre Hiroshima, el Goulag y las actuales barbaries.Duele el alma saber que finalizadas las competencias, esos cientos de jóvenes regresaran a sus países, la mayoría convulsionados por guerras, sin brújula ni horizontes claros. El panorama que los aguarda es cada día más sombrío e impredecible.Ojalá estos días de hermandad, de competencia amistosa, de momentos compartidos en armonía y de reconocerse les sirva como plataforma para ayudar a crear un mundo más justo, más amable, donde no existan los muros, ni las fronteras. Ellos pueden lograrlo. Hay que luchar por el sueño de poder vivir en paz .PD: Totalmente de acuerdo con la columna del domingo en El Espectador de Alfredo Molano Bravo. Un No a la paz, es un Sí a la guerra. Ya llevamos, mal contados, un millón de muertos. ¿Cuántos más necesitaremos? ¿Tenemos derecho a seguir matándonos o permitiendo que nuestros campesinos continúen poniendo los muertos? ¿Seremos el único país del mundo incapaz de lograr una reconciliación? ¿Estamos condenados a seguirnos matando? ¡Un poco de cordura, por favor!

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