Velas de alegría y dolor

Diciembre 09, 2014 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

De pequeña, como nací un 7 de diciembre, creía que la ciudad encendía las velitas en mi honor. Cuando supe la verdad, sentí esa tristeza etérea, la misma que se siente cuando se sabe que el Ratón Pérez no pone el dinero del diente debajo de la cama y que el Niño Dios son los papas. Las velitas eran en honor de la Virgen, el Ratón no existía aunque juro que lo vi escondido detrás de la puerta del cuarto que compartía con mi hermana menor. Tenía unos dientes grandes y me sonreía. Sigue siendo amigo mío. Respecto al Niño Dios, sigo creyendo en Él, en el Ángel de la Guarda y sé positivamente que me cuida todos los días.Desde el año pasado el Día de las Velitas tiene para mí un sabor especial. Sigo celebrando un regalo de la vida. Un año más. Que lo pienso disfrutar al máximo, viviendo intensamente día tras día, como me enseñaron en Alcohólicos Anónimos, las 24 horas, de abstención, honestidad, agradecimiento, alegría y servicio. Vivo contenta. No me afectan las porquerías que me escriben blogueros cobardes y escondidos en seudónimos. Hace unos años los rete a que se identificaran y tomáramos un café cara a cara. Ninguno fue capaz. La cobardía siempre se agazapa, les gusta el lodo y se revuelcan en él. Algunos merecerían tutela pero no gasto pólvora en gallinazos.Sin embargo las velitas del 7 acabaron con la vida de dos bebes. Una familia desplazada llegó a Buenaventura y se refugió en un cambuche de plástico verde. Papá, mamá y siete hijos. Borrachos del cambuche vecino empezaron a lanzar cohetes. Uno cayó encima de la familia de Óscar y Naye, incinerando instantáneamente al más pequeño. El mayorcito, de cuatro años, logró llegar con vida al HUV, donde estuvo cinco meses, vendado, sometiéndose a injertos y cuidados. Solo se le podían ver su carita, esos ojos enormes y dulces y dos deditos de la mano izquierda. A pesar de todos los cuidados, la infección lo mató. Óscar y Naye de pronto se vieron despojados de todo: techo, hijos... Las velas malditas del dolor los habían alcanzado.Manos generosas acudieron solidarias. Entre ellas destaco la generosidad de Ubeimar Delgado y Julio César Londoño (no el periodista en este caso). Gracias a ellos y otras personas, Óscar y Naye están construyendo una casita de ladrillo, en un lugar seguro del Puerto. Ya Óscar pudo volver a adentrarse en la mar con sus redes a pescar el sustento diario. Dos angelitos los cuidan desde el cielo. Sus otros hijos estudian. La vida continuó, pero el dolor infinito de la pérdida de sus dos pequeños por la pólvora jamás los abandonará.Espero que este 7 de diciembre no se hayan repetido estas absurdas tragedias .Siempre tendré en mi alma esos ojos dulces, inocentes, esos deditos que lograban jugar con un carrito minúsculo, rojo. Su sonrisa triste siempre me acompañará, así como el estoicismo de esos padres ante el dolor infinito de la pérdida de sus hijos.Velitas de alegría y dolor. Velitas para la Virgen. Velitas que me acompañaron en mi aterrizaje a este planeta, ¡velitas de muerte en manos irresponsables!P.D.: A mis lectores, si quieren ayudar a Óscar y Naye a cumplir su empeño de terminar su casita protegida contra la pólvora mortal, en mi próxima columna les informaré cuál es su cuenta de ahorros. Sería un lindo regalo de Navidad para esta familia valiente, ejemplo de dignidad y amor.P.D.: Ojalá la pólvora no causé más muertes innecesarias. Leo, desde Ecuador, en la prensa de Cali, que ya el HUV tiene el pabellon de quemados a tope. Merecerían cárcel de por vida los que a pesar de prohibiciones y advertencias siguen manipulando esta sustancia mortal. Alcalde, ¡hágase sentir!

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