Va la madre

Va la madre

Mayo 15, 2012 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Recuerdo en la infancia, y en la adolescencia, cuando la ida a misa era obligatoria y mi papá nos arrastraba a San Francisco en Cali, iglesia oscura, sucia y llena de imágenes, donde se amotinaban los olores pues la misa de doce se atiborraba de beatas, pordioseros, niños, viejos, señoras encopetadas, y teníamos que abrirnos paso a codazos para poder ‘ver al padre’ encaramado en su púlpito. El calor del mediodía se ensañaba con los fieles y como no se podía tomar ni agua si se quería comulgar, la cosa empeoraba y entre el olor a incienso y el ayuno sentía que los vitrales me hablaban y las imágenes trataban de agarrarme.Pero lo más aterrador era que, cada domingo, el padre encaramado en el púlpito las enfilaba contra ‘aquellas señoras’ que se bañaban en piscinas o en el río con hombres, aquellas que, ‘oh’, montaban a caballo, no asistían a misa diariamente, organizaban fiestas, jugaban cartas, leían libros peligrosos y se alejaban de las costumbres cristianas dando mal ejemplo a sus hijos. Mi mamá cumplía todos los requisitos para irse al infierno: montaba a caballo, no iba a misa ni era camandulera, jugaba bridge y tenía piscina en la casa, a la que invitaba a nadar amigos y amigas.Yo salía aterrorizada. Llegaba a la casa y la miraba de reojo. La veía linda, graciosa, inteligente, siempre con el comentario agudo a flor de piel. Asistía con ella a los concursos de adiestramiento, los cuales siempre ganaba en su caballo Bolero, me arrunchaba a su lado a espiar qué libros leía, y me torturaba pensando en qué hacer para que no fuera a condenarse para la eternidad en las llamas eternas.El problema lo resolví. Cada año, Día de la Madre, le regalaba un rosario. Para que la Virgen la protegiera y salvara. Así podría sentarse después del Juicio Final a la Diestra del Señor, en una nube fresca y explicarle que los caballos, las piscinas, las cartas y los paseos no eran ‘malos’. Estos rosarios se fueron apelotonando al transcurrir de los años. Mi mamá tenía una caja donde los metía. Cada año me daba un beso y las gracias, pero me miraba con atención a ver si su hija presentaba signos prematuros de Alzheimer.Cuando dejé la adolescencia, naturalmente dejé las misas, me dediqué a los caballos, a las piscinas, a los libros. Escogí a mi mamá, por encima de todas las normas lanzadas a gritos desde los púlpitos. Me sentí al fin libre y sin culpas ni terrores nocturnos al soñar con mi progenitora atascada en un caldero hirviente.Reconozco que no me gusta el Día de la Madre. No lo celebro. Se me olvida. En Colombia ese día se tiñe de violencia y sangre. De alcohol y desmanes. El Día de la Madre es todos los días. No comulgo con la compra del regalo obligado. No caigo en esa trampa comercial. Además, las ‘madres’ y los hijos nos graduamos el mismo día. Ni qué decir del Día del Padre... el fugitivo, el que abandona, el que se fue con ‘otra’, el que no responde por nada, el ausente. En fin.Creo sólo en el amor, en la presencia emocional, en las risas compartidas, en las discusiones, en las relaciones honestas entre padres e hijos. La relación, compleja y muchas veces difícil entre madres y retoños, no es cuestión de un regalo al año, una sacada a almorzar, un abrazo forzado y esos silencios sepulcrales en esas mesas familiares anuales.Da angustia ver esas celebraciones... bisabuelas empujadas en carritos, abuelas siliconadas, mamás volantonas jugando a la barbie, hijos adolescentes o menores con cara de ‘fo’, locos de ganas porque se acabe la ceremonia y se puedan levantar del altar y dedicarse a sus juegos, su tele, su iPod. Y qué decir de los cementerios, abarrotados de flores y familiares hablando con las tumbas. Mamás adolescentes sin nada qué celebrar. Ancianas abandonadas en ancianatos remotos. Madres solteras, empleadas separadas de sus hijos por estar cuidando otros, madres controladoras e inmamables.El amor es todos los días. Es la flor delicada que tenemos que cultivar. Y si no, va la madre... El amor es todos los días. No una celebración comercial.

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