Un roble herido

Febrero 28, 2012 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

“Duro y elemental. Inquieto.Hecho de agua, sol y tierra,Pero también de tiempo.El hombre sólo en un árbol que se mueve”.(Héctor Abad)Hace unos instantes, porque el tiempo es eso, una sucesión continua de instantes, lo conocí. Una tromba de vida, ingenio, inteligencia y ternura. Compartir con él momentos, bastaban para que el día hubiera valido la pena. Un comentario agudo, un pensamiento profundo, una catarata de humor, unas gotas de limón sobre la estupidez humana, un adjetivo más certero que un tiro de fusil. Un pensamiento etéreo y eterno. Un abrazo de oso. Una carcajada con ecos.Así lo conocí, así fue mi amigo durante muchas horas, que se van convirtiendo en días, meses, años. Amigo de sus amigos. Tajante con los torcidos. Corrosivo ante los lagartos. Tímido ante su propia importancia. Amante del amor y de la magia. Álvaro Bejarano. Todos los que lo queremos, seguimos atrapados en sus ‘redes y en sus vientos’.Verlo como un roble herido también deja una herida sangrante envuelta en lágrimas saladas a todos los que lo visitamos, en la habitación ascéptica, impersonal y fría del centro de salud. Lo cuidan como se cuida un niño. Pero a lo mejor sus cuidadores ignoran que quien está acunado en esa cama es un titán que siempre marcó la huella de su andar. Que es un roble herido por la muerte, que lo quiere arrebatar a toda costa, sin respetar la vida que bulle en borbotones en su alma rebelde, contestataria y amorosa.Me encuentro con un ejemplar, desgastado por el tiempo, una fotocopia de algunas ‘redes y vientos’. Recopiladas entre finales de los 60 y comienzos de los 70. Un prólogo afectuoso y cálido de Manuel Mejía Vallejo, otro monstruo que le dio por partir antes de tiempo. Lo hojeo. Lo releo y se agolpan en mis ojos momentos compartidos, en su ‘cueva’, al calor de unos tragos, él cocinando para sus amigotes y llenando de vida y risas el ambiente. Llorando indefenso ante la muerte prematura y trágica de uno de sus hijos. Fustigando con la palabra escrita la zurrapa política, recitando de memoria versos y más versos de León de Greiff, combatiendo molinos de viento, soñando siempre, persiguiendo la estrella inalcanzable, la utopía de un mundo mejor.Releo ese artículo lleno de amor para su hijo Rodrigo cuando cumplió trece años. Otro en el que se declara enemigo de las frías matemáticas, porque carecen de amor. Sosteniendo enfático que “los relojes pierden el tiempo a menos que sean de arena que gotean la construcción que nunca pudo consolidarse con esas arenas agarradas en la orilla de un mar que se devora el tiempo”.Le cedo la palabra. Él mismo se define: “Pensé que la vida es el mejor milagro y que mi presunta locura sólo sirvió para apaciguar las llamaradas que consumen la existencia. Pensé que mi única locura es haber amado la vida. Pensé que he pasado la vida con los brazos estirados sabiendo que es posible el abrazo fraternal con mi semejanza humana”.Este artículo te llegará. Todavía no es hora de partir. Tu familia y tus amigos eternos te necesitamos. Te queremos. Claro que en la otra orilla también te espera tu amiga con su magia, Alfonso, Jorge… en fin… déjanos abrazarte una vez más.

VER COMENTARIOS
Columnistas