Un eterno presente

Un eterno presente

Julio 13, 2010 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Un semicírculo en la pequeña capilla. Un reencuentro. Hace cinco décadas éramos 20 adolescentes que recibíamos el diploma de bachiller. Terminábamos un ciclo y la vida era un horizonte abierto, un cuaderno todavía sin escribir. Se terminaban las horas, los días, los meses y los años compartidos de risas, travesuras, tareas, deportes y enseñanzas. Oficialmente al descender de la gran tarima con el diploma en las manos, nos separaríamos para emprender diferentes caminos. Oficialmente la vida en común había terminado. No sabíamos qué nos depararía la vida ni los senderos que recorreríamos. Pero sabíamos algo que ya estaba en la impronta de cada una: éramos amigas. Lo seríamos siempre. Esos años de infancia y adolescencia habían forjado una huella indestructible, la huella indestructible de la amistad. Fuimos una tribu más que una clase. Cinco décadas después seguimos siendo tribu . Algún intangible nos unió para siempre. El intangible que nadie puede explicar.Un semicírculo en la pequeña capilla. El reencuentro. El abrazo del alma. El abrazo del eterno presente que se gestó en esa infancia y que continúa intacto. Las mismas carcajadas. Las vivencias atrapadas de nuevo. Los recuerdos que jamás fueron un pasado porque siguen vigentes. Las lágrimas que se escaparon por la emoción de los abrazos. La certeza de que muchas no hubiéramos podido llegar donde estamos, ni sortear las espinas que salieron en el camino, ni los dolores de las pérdidas de los seres que amamos y nos guiaron, si no fuera porque esa amistad se mantuvo intacta y la tribu siguió siendo tribu y siempre supimos, y lo constatamos, que cuando estábamos flaqueando o los vientos huracanados nos dejaban sin brújula, siempre alguien de esa tribu estaba presente para tendernos una mano, mostrarnos de nuevo la brújula, servir de apoyo, escuchar el dolor. El tiempo pasa. Sucedieron cosas. La vida misma es una sucesión incansable de momentos. Pero en la amistad el tiempo se detiene, se convierte en un eterno presente. Las adolescentes de uniforme azul ya somos abuelas. Emprendimos el viaje a Itaca y el viaje ha sido largo. Hemos enriquecido el alma en el camino. No nos hemos asustado ante monstruos ni airado a Poseidón. Nos hemos colmado de aventuras y experiencias. Hemos llorado y reído. Hemos dado a luz hijos e ideas. Hemos caído y nos hemos vuelto a levantar. Hemos cometido errores y también tenido aciertos. Todas hemos sabido amar.Sólo dos ya partieron hacia otras dimensiones. Pero siguen acompañándonos en lo que nos falta por caminar. Las que seguimos sabemos que no hace falta vernos todos los días para saber que nos queremos, que estamos siempre presentes para seguir tendiéndonos la mano, para reírnos, para llorar, para seguir compartiendo ilusiones o tristezas. Porque hace cinco décadas, el Colegio del Sagrado Corazón nos dio el diploma más delicado y sagrado. Nos entregó el Diploma de los valores espirituales y de la verdadera amistad. Semicírculo en la pequeña capilla. Reencuentro. El tiempo se detuvo. Un eterno presente nos arropó.

VER COMENTARIOS
Columnistas