Treinta y ocho años

Octubre 13, 2015 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

“In memoriam a Domingo Dominguín”Doce de octubre. Al despertar un pensamiento agudo como una flecha se me clava. Doce de octubre 1975. Guayaquil. De nuevo una punzada de incredulidad. Como si el tiempo se hubiera detenido.Treinta y ocho años. Una vida. Muchas vidas y muchas cosas. Algunas borradas suavemente, pinceladas de acuarelas ya desteñidas. Otras fijas, clavadas, inamovibles, como estacas incrustadas en las rocas que ningún temporal ha podido remover.Ese amanecer forzoso. Ese despertar sin ganas. Mañana arropada todavía por las brumas de un abrazo confuso y triste. Resaca acumulada. Torbellinos de emociones encontradas, incertidumbres, desencantos, todo envuelto en el sopor y la humedad de esa ciudad incómoda y amenazante.Inventarse ese día, como se habían logrado inventar tantos otros. Un domingo más. La última tarde. Ocho toros. Luego el regreso a una normalidad difícil, que se construiría poco a poco, lentamente. La magia rota. Perdidas para siempre fichas esenciales en ese frágil rompecabezas del amor.Esos lazos atados en nudos marineros, se fueron deshilachando imperceptiblemente como el vapor casi invisible que sube después de la lluvia y se va enroscando, trenzando grises y plomados nubarrones que se espesan densos, amenazantes, gigantescos, hasta explotar turbulentos en un diluvio iluminado por rayos y centellas empujados por vientos huracanados, barriendo todo, enlodando todo lo que algún día estuvo limpio, brillante, iluminado por el sol.Mientras en la Plaza ardiente, rústica, polvorienta, caía el quinto toro derribado por una estocada grotesca, ahogado en su propia sangre derramada a borbotones por la boca, no muy lejos, en el cuarto morado de un sórdido hotel, el disparo sordo de una pistola derrumbaba sobre el sofá gastado de peluche tu cuerpo ahogado también en arcadas de sangre incontenibles. El tiro dirigido al corazón reflejado en el espejo mohoso del salón, se desvió destrozándote el pulmón. Como el quinto toro. A esa hora de muerte torera. El viejo reloj de la plaza apuntaba unas fatídicas cinco de la tarde.Dos toros más enfrentaron la muerte en la arena. Pero desde las cinco ya el olor a pólvora del disparo lejano se había incrustado para siempre en tu vida y en la mía. En adelante esa ausencia se convirtió en la compañera fiel, que nunca permitió que te marcharas del todo.Treinta y ocho años. Despierto en una mañana soleada, transparente. Cinco nietos revolotean excitados planeando la larga caminata hacia la punta de la montaña. Un desayuno alborotado de risas y juegos. Mis dos hijas se encargan de organizar la mini-tribu. Al más pequeño le cuelga un diente pero se resiste a perderlo. Salen todos estrenando vida, mirando de frente al sol.Muchos años. Muchas vidas. Una sola que nunca cambia. La única que la ausencia enlazó en nudos marineros irrompibles que ninguna borrasca pudo destruir. La muerte equivocó su sino. Jamás nos separó.Hoy, en Subachoque, cuando cae la tarde y las nubes cubren el sol, y una brisa fría acompaña la lluvia que serenamente cae sobre la marquesina, puedo decir con certeza absoluta que nunca te fuiste. Sigo sintiendo tu espalda tibia, como esa noche en Madrid, en casa de tu madre, en la calle Príncipe, cuando te abrazaba sintiendo que nada malo podría suceder. Que ese cuerpo fuerte, generoso y cálido jamás se alejaría. Que carcajadas y soles alumbrarían el camino. Que nos comeríamos el mundo. Que el destino era nuestro. Que nunca habría un final.La lluvia arrecia. La brisa se vuelve viento helado Un relámpago ilumina el negro de la noche. Compruebo que el tiempo es una mentira. Que somos fantasmas siempre unidos que se encuentran lejanos.Tu firmabas ‘el duende’ cuando a diario enviabas las rosas. Yo pintaba fantasmas tomados de la mano. Inventamos la historia. La vivimos a fondo. Decidiste marcharte una tarde de toros. La camisa rosada la teñiste de sangre. Yo seguí caminando. Por senderos oscuros fui encontrando la luz.Seguiremos unidos sin jamás encontrarnos. Unidos en el aire por una brisa suave, o en las noches de luna con un lucero errante. Una palabra suelta, algún olor amable, el eco de una risa, un nevado, un toro altivo y noble, un quite lento y suave. Siempre hay algo que te vuelve al presente. No lograste partir. Yo no pude olvidarte.Treinta y ocho años. Ese doce de octubre. Esa tarde de toros. Ese disparo frente a un espejo empañado. La carta escrita a mano. Tenía que ser así. Treinta y ocho años después te escribo recordando que el tiempo es un invento. Que sigues existiendo atado a mi existencia. Que la muerte no pudo desatar esos lazos, que no siento tu ausencia porque nunca te fuiste, que te sigo queriendo aunque parezca absurdo, sin dolor ni tristeza. Sigo alegre el camino y algunas veces, muchas, me tomo de tu mano.Subachoque. 12 octubre, 2013 (Hoy cuarenta años)

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