¡Te quiero y te doy las gracias!

Abril 10, 2017 - 11:55 p.m. Por: Aura Lucía Mera

Pasajes de la Biblia y los evangelios fueron en mi infancia mis libros preferidos. Después del colegio, tomarme el entredía con avidez y hacer las tareas me incrustaba en la reclinomática café del cuarto de mi papa donde ninguna de mis hermanas me molestaba y me enfrascaba en ese mundo fantástico en el que sucedían cosas maravillosas.

Uno de mis favoritos eran las Plagas de Egipto, iniciadas con siete vacas flacas que llevaron la peste y toda suerte de males como la plaga de langostas que le pegaban a la gente en la cara y no los dejaban ver. O cuando el Mar Rojo de repente se abrió y se convirtió en un camino ancho por donde corrieron los buenos para librarse de los enemigos malos que los perseguían como los wilderbeest al Rey León. El Cantar de los Cantares me pareció grosero y no entendí bien lo que contaba; se parecía a esos ‘libros’ que me escondían.

Pero mis favoritos eran los Evangelios. Cuatro señores contaban lo mismo, pero distinto. Odiaba a Herodes cuando mando a marcar con una cruz las casas donde había niños chiquitos para matarlos al día siguiente. Naturalmente Jesucristo era mi súper héroe. De pequeño se escapaba de su casa para ir donde los sabios del templo, todos con barba y feísimos y los dejaba descrestados porque sabía más que ellos, y todavía no había ido a ninguna escuela, creo que no había escuelas.

Cuando llegaba el momento en que podía caminar sobre el agua, moría de envidia. Lo intente en la piscina, pero me hundía vertical en cuestión de segundos; todavía me sueño caminando sobre las olas y me siento feliz.

La multiplicación de siete panes duros y siete mojarritas en miles que alimentaron a una multitud hambrienta y sudorosa; la curación de los leprosos a quienes se les caían la nariz y los dedos; la orden para que Lázaro abriera desde dentro la piedra del sepulcro y saliera quitándose las vendas, caminando como si nada, para abrazar a sus hermanas Martha y María...

La ternura con que permitió que Magdalena le lavara los pies con ungüentos costosos que guardaba en frascos de alabastro y la amistad que hicieron para toda la vida a pesar de que ella era ‘mala’ y el ‘bueno’.
La llegada en un burro de orejas gigantes a Jerusalén un domingo, donde fue recibido con palmas por todo el pueblo que lo quería y creía en él, mientras los jerarcas y sabios lo miraban espantados y envidiosos.

Lloraba con hipo cuando lo detuvieron, lo traicionaron, lo negaron cuando el gallo cantó tres veces y lo azotaron amarrado en una columna, para al otro día hacerlo cargar una pesada cruz de madera hasta la punta de la loma en que a sangre fría lo crucificaron atravesándole las manos y los pies y luego lo remataron con una lanza hasta que murió diciendo: “En tus manos encomiendo mi espíritu”.

Han pasado muchos años. Épocas en que odié a Dios y su iglesia, en que me alejé casi con asco de las misas y rituales católicos y el solo ver una sotana me producía escalofríos.

Pero curiosamente Jesucristo siempre siguió siendo mi amigo, mi confidente, mi personaje favorito, mi héroe. Ese hombre que fue el primero en enseñarme que todos somos iguales, que nos debemos perdonar hasta setenta veces siete, que la clave está en amar sin condiciones, en no juzgar, en no caer en la trampa del dinero. Ese hombre que no dudó en fustigar y sacar a latigazo limpio a los fariseos del templo, que nunca cohonesto con la mentira y se acercó a los desprotegidos y desamparados.

De ese hombre me enamoré yo. Jamás, ni en mis horas más oscuras lo he olvidado y sigo diciéndole en susurros, varias veces al día: ¡Jesús, te quiero y te doy las Gracias!
Hace más de dos mil años que sucedió este crimen. Esta Semana está dedicada a recordar episodios de su vida y de su entrega. No asisto a ningún ritual, pero lo llevo en el alma. ¡Es sin lugar a dudas mi mejor amigo!

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