Separador de la muerte

Enero 18, 2011 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Pasan los días y el separador sigue partiendo en dos, en una herida profunda, la carretera Panamericana que conduce de Cali a Jamundí. Pasa el tiempo y nada pasa. Las ambulancias tienen que detenerse en el carril contrario, los paramédicos bajarse de ellas, exponer sus vidas, saltarse al otro carril haciéndole el quite a los bólidos, recoger los heridos, saltar con ellos el carril de nuevo, meterlos en la camilla, dar una vuelta en dos ruedas y devolverse a como da el tejo, para salvar esas vidas, en contravía, poniendo en peligro muchas más.Los moteleros que al fin pueden escaparse para dedicarse a las batallas de amor en campos de plumas y han logrado planificar el encuentro furtivo y horizontal con toda suerte de coartadas, el corazón anhelante por el encuentro y el terror de la pillada, tiene que desplazarse hasta la urbe aledaña, después de pasar el cementerio, y cuando al fin logran llegar al garaje ansiado, ya están exhaustos, sudorosos, agotados y sin ganas. Generalmente antes de que se cierre la puerta cómplice, dan la vuelta en redondo y retornan cada uno a su casita, o al punto de encuentro, con la frustración desparramada por todo el organismo, rabia y desazón.Los amantes de las plantas, aquellos que se emocionan hasta el éxtasis ante una biflora o un helecho sensual, huelen la tierra capote como si fuera Channel y un bulto de cascarilla para las orquídeas les suscita una emoción indescriptible, se lanzan a comprarlas para embellecer sus terrazas con un poco de verde y, cuando el automóvil ya esta hasta el techo de abono, ramas, materas y otras yerbas, arrancan hacia Jamundí y solamente después de muchos kilómetros, un cuarto de tanque de gasolina menos y con las narices llenas de olor a tierra húmeda, logran llegar a sus casas. Estos son los que escogen comprar en el sentido norte-sur. Los viveros que quedaron al costado sur-norte se marchitan a pesar de la lluvia y las plantas envejecen sin que nadie hubiera vuelto a mirarlas.Los habitantes de condominios y casas, que quedaron partidas para siempre por el separador de la muerte, decidieron no volver a salir de su hábitat a menos que el asunto sea vital. No más asistir a conciertos, ni delirios, ni obras de teatro. Muchísimo menos al museo o alguna galería de arte. Ni pensar el festejo para la futura mamá o el té señorero para devolver atenciones. La misma misa se convirtió en tema de discusión álgida entre las católicas y practicantes parejas. Hay que pasar de un municipio a otro para poder rezar.Las funerarias y los deudos también son víctimas del separador de la muerte. Además de la desaparición dolorosa y sin retorno del ser querido, tienen que dar la vuelta total, para poder depositar el cuerpo a descansar en paz. Ni modo. El que quiera enterrar o cremar a alguien debe recorrer dos municipios.Los Invías se pelotean las tutelas con las Conalvías, y éstas a su vez con todos los consorcios terminados en ‘vías’. Nadie asume la responsabilidad de semejante trampa mortal. Ni Cali, ni Jamundí, ni la Nación, ni los contratistas. Mientras tanto crece la audiencia de heridos desparramados en el carril contrario, de los viveros marchitos, de los moteles vacíos y de los deudos malgeniados.Insisto. Desobediencia civil contra el separador de la muerte. No más gatos por liebres. No más abusos a la ciudadanía ya harta de tanto abuso y tanta arbitrariedad.

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