Rodeada de elefantes

Abril 12, 2011 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Escribo esta nota mientras el guía me espera con una antorcha en la mano para llevarme de vuelta a la cabaña, situada en medio de una reserva de animales salvajes en medio del bush africano. Nunca pensé que la vida me regalaría de nuevo la oportunidad de visitar Sudáfrica, experimentar otra vez esa emoción indescriptible que no se puede describir en palabras.Cae la noche. Una luna ya regordeta se instala en medio de cientos de estrellas tan cercanas que provoca tocarlas con las manos. En esta latitud, la punta más sur de África, antes de la Antártida, todo se ve más grande. Acabamos de regresar del safari vespertino. Una Land Rover gigante nos lleva por las trochas de tierra rojiza, catalejos a la mano y mantas para protegernos del viento cuando el sol caiga entre las montañas. De repente, una pareja de rinocerontes de unos cuatro mil kilos de peso gozándose la planicie. Más adelante una mamá rinoceronte pastando con su bebé de cuatro meses de nacido, el bebé, con sus nalgas grises y redondas, moviendo la cola contento. El pasto está fresco y abundante porque ya llegó el otoño.Continuamos atónitas y de pronto la ‘ranger’ frena en seco y nos pide silencio y quietud. Seis enormes elefantes y dos bebés, tratando de arrancar frutas de unos árboles. Ni nos miran. Están ocupados en sus menesteres familiares. El macho de la manada es un gigante con sus colmillos de marfil. Un guarda en la cima de la montaña se mantiene alerta para evitar cazadores furtivos que se empeñan en seguir matándolos. Paramos en el borde de un precipicio. Al fondo, un río sinuoso y cristalino, y en la inmensa e inagotable llanura que se abre a nuestros pies, manadas de wilderbeast, esos animales que salen en ‘El Rey León’, mitad caballo, mitad cabras, mitad cebras. Feos, pero tiernos. Nos acercamos. Nos miran de frente y no se mueven. Los observamos un rato y seguimos hasta detenernos de nuevo en la cima de otra colina.Allí nos permiten bajarnos. No hay peligro a la vista. La trompa del jeep se cubre con un mantel blanco y aparecen por arte de magia, galletas, gaseosas, vinos y trozos de carne de avestruz. El sol cae lentamente y el resplandor ilumina el horizonte. Las cebras a lo lejos se ven recortadas. Un hakuna matata sale corriendo detrás nuestro. De nuevo a bordo del jeep. En una curva nos topamos con varias jirafas, majestuosas, y algunas crías. Cebras y cebritas. Parece que es la época de los bebés de todas las especies.Nos dicen, después de comer, que no salgamos de noche pues las cheetas y los elefantes pueden llegar hasta la puerta de las cabañas. Que no nos preocupemos, que lo más probable es que nada suceda. La verdad es que se me sale el corazón y un miedo diferente, excitante y extraño me recorre las venas. Mañana saldremos al amanecer. Buscaremos leones, hienas. A lo mejor los elefantes no estarán tan amistosos. Termino ya. El hombre de la antorcha quiere depositarme sana y salva en mi hábitat. Le mando un beso a Dios a través de la luna. Ya les seguiré contando. Mientras tanto, desde este inmenso y majestuoso santuario natural, a doce mil kilómetros de distancia, les comparto esta experiencia espiritual y sublime. Hasta el próximo martes. Espero amanecer completa. Ya les contaré.

VER COMENTARIOS
Columnistas