Realismo macabro

Junio 21, 2016 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Lejos estamos del realismo mágico que catapultó a Gabriel García Márquez al Nobel. Lejos están José Arcadio y Aureliano, Úrsula, Amaranta, Remedios, las mariposas amarillas, la epopeya del pueblo olvidado. Pareciera que los colombianos no queremos otra oportunidad sobre la tierra; pareciera como si el sino genético que nos une es el ADN fatal de la sangre, la violencia, la intolerancia, y que lo único que sabemos hacer bien en matarnos, señalarnos, insultarnos.La paz se ha convertido en el nuevo campo de batalla. No nos hemos saciado de sangre. No han sido suficientes los cortes de franela, ni las violaciones, ni las fosas comunes, ni los cuerpos hinchados que flotan hacia el mar. No son suficientes los miles y miles de desplazados, ni los cientos de pueblos y veredas arrasadas.La Conquista. La Colonia. La Inquisición. La esclavitud. La inequidad. El derecho a pernada. La explotación de los más vulnerables. La codicia. La ambición. El ventajismo. Todos ellos se nos han incrustado en el fondo del alma y no sabemos vivir de otra manera. Llevamos la violencia en la sangre. Jamás hemos conocido otra forma de vida. Y ha sido así desde el comienzo de nuestra historia.Tenemos miedo de aprender a vivir de una forma diferente. La Paz, su cercanía con la firma de unos acuerdos, nos llena de pánico. Nos enfrenta a un mundo que no conocemos. El del perdón, la tolerancia, el respeto, la equidad. Y estamos alimentando el monstruo interior, casi de forma inconsciente, la más peligrosa.Estamos cohonestando una polarización cuyas consecuencias son difíciles de prever. Todavía estamos a tiempo de reflexionar. La paz no es de Santos ni la guerra es de Uribe. La Paz es un derecho de todos. Otra cosa es que nunca la hemos vivido.Los acuerdos de La Habana son un primer paso. Únicamente un primer paso. Tal vez el más temido. Pero sin ese primer paso no podremos iniciar el nuevo camino que tendremos que recorrer todos bajo nuevos parámetros, que jamás hemos practicado, y que transitarán por las rutas del perdón, de la restitución, de la tolerancia.Aprender a mirarnos a los ojos, de frente, a darnos la mano, a dejarse tocar el alma por la compasión, a re-conocernos como hermanos y abandonar los atavismos es un reto difícil. ¿Seremos capaces?¿Vencerá el realismo macabro de la polarización? ¿Permitiremos un nuevo ciclo de sangre y locura? ¿Nos ganará la bestia interna? ¿Condenaremos a nuestros hijos y nietos a seguir el camino del odio? ¿Seremos inferiores al compromiso de empezar a construir un país diferente?Recuerdo las palabras de Gonzalo Arango: “La salida está hacia adentro”. Y no tenemos más opción que mirarnos a nosotros mismos si queremos mirar de frente a los ojos del otro. Difícil, ¡pero vale la pena intentarlo!Estoy segura de que el presidente Santos y el expresidente Uribe quieren la paz. Ayudémoslos. No aticemos más el fuego de la polarización. Todos somos responsables del futuro de Colombia, y ninguno de nosotros puede tirar la primera piedra. Si permitimos el incendio, ningún bombero será suficiente. ¡Basta ya!***PD. No más rabia. No más odio. No más intolerancia. ¡Abrámosle el corazón al amor y a la cordura!

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