¿Quiénes van a la guerra?

Junio 03, 2014 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Dedicado al 0.1% que lee Columnas de Opinión y a mi amiga de la infancia ‘Cata’.Impactante la pregunta del Presidente Candidato Juan Manuel Santos a pocos días de la Segunda Vuelta electoral: “¿Usted prestaría su hijo para ir a la guerra? La audiencia hombres y mujeres de estratos acomodados. Bajan la cabeza como el avestruz o responden de frente: no.Importante recordar que la ‘guerra’ que ha desangrado al país durante más de cincuenta años ha sido la sangría de campesinos contra campesinos. Los estratos socioeconómicos más altos siempre se las han ingeniado para que sus hijos no vayan jamás a combate alguno. Lo máximo es que ‘presten servicio’ en la Guardia Presidencial o en el Sinaí que es como el Desafío en Marruecos o más fácil.Nos hemos dado ‘el lujo’ o cometido la más atroz de las barbaries (me inclino por esto último) de hacer la guerra por ‘madre ajena’ por más de medio siglo.Imagino dos líneas paralelas que aunque cercanas jamás se encuentran: Una de ellas está formada por jóvenes adolescentes, con sus mochilas al hombro, caminando hacia el futuro. Otra formada por jóvenes adolescentes. Con sus mochilas al hombro, caminando hacia el futuro.Una de las filas la conforma jóvenes mochileros que marchan hacia la universidad, hacia el exterior a continuar sus estudios, al camping de verano, a tomar el avión para conocer otros países, a la finca del otro amigo a pasar el fin de semana. En sus caras irradia la juventud su corazón palpita con ilusiones nuevas. El mundo comienza a abrirse ante sus ojos. Tal vez también palpite porque está conociendo el amor.En la otra fila, jóvenes mochileros ,vestidos con trajes de camuflaje botas pesadas y en sus espaldas una carga de varios kilos, suben en silencio en camiones o aviones militares para dirigirse a la selva inhóspita, el páramo gélido, el desierto seco, lo desconocido. En sus pertenencias no van libros de estudio, ni pantalonetas de baño, ni tablas de surf. Sus corazones laten de ansiedad y temor. También por la ausencia de la novia y de sus padres, porque no saben si los volverán a ver. Si regresaran al rancho humilde pero lleno de afecto que los aguarda con la incertidumbre como única certeza. Tienen como misión “dar de baja al enemigo”. De ese enemigo no saben nada, solo que está conformado por campesinos jóvenes como ellos. Los generales y los altos mando están más allá del peligro. Los que dan órdenes no pueden morir.Un tercera línea paralela la forman más campesinos, también camuflados, color selva, palúdicos y sumisos, porque no conocen otro mundo ni otra alternativa de vida, algunos tildados de “guerrilleros fascinerosos” y otros de “paras narcoterroristas” que también tienen orden perentoria de “acabar con el enemigo”. Los altos mandos, comandantes de el frente o la columna tampoco mueren. Ellos dirigen y los que dan las órdenes no pueden morir. “Ellos saben que son el enemigo y que tienen que matar a como sea al otro enemigo”.Tal vez jugaron juntos de pequeños o eran vecinos de vereda. Sus padres pudieron compartir los domingos jugando al tejo o brindando con un guaro el último gol. O a lo mejor eran los hijos del cuidandero de la finca o del guachimán de la mansión.Todas esas filas de jóvenes adolescentes, paralelas infinitas, caminando hacia el futuro. Para una de las líneas el futuro está lleno de sol. Las otras dos saben que es sombrío y sangriento.Unas madres gozan con el triunfo de sus hijos, las otras se retuercen de angustia y pobreza. Muchos de sus hijos no las encontrarán, porque ellas también han tenido que abandonar sus pueblos. Otros porque sus cuerpos flotarán en aguas de ríos grandes.No más líneas paralelas. Todos somos Colombia. Todos los jóvenes tienen el mismo derecho de vivir en paz. Todos somos hermanos de patria. Todos somos mochileros caminando hacia un futuro de reconciliación.

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