¡Queso gruyere!

Abril 26, 2016 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Le trataba de explicar a una de mis hijas cómo es el dolor que se siente cuando se muere un amigo de infancia. Alguien que pertenece al corazón desde las épocas de colegio, con quien hemos compartido adolescencia, juegos, ilusiones y recorrido ese camino que se llama vida. Amigos y amigas.Nunca pensé que me llegaría esta etapa de la vida. Hasta cierta edad los papás eran inmortales. No se concebía la vida sin ellos. Además los hijos también éramos inmortales, se vivía un eterno presente; el ángel de la guarda nos cuidaba por las noches y al otro día había colegio, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, y ya llegaban sábado y domingo y con ellos la felicidad absoluta. Así se sucedieron muchos años.Los abuelos morían, sí, pero eran los abuelos, personas con arrugas y las manos con manchas. Veíamos a los papás tristes, pero no sabíamos bien por qué. Nosotros seguíamos. Simplemente los abuelitos ya no estaban.Luego nos casamos. Ilusiones y promesas, llegaban bebés, los veíamos gatear, reír a carcajadas, sus primeros pasos, a veces se enfermaban, pero el médico siempre los curaba. Fueron creciendo, muchos de nuestros príncipes azules o princesas no logramos permanecer juntos, algunos nos separamos y empezamos a entender que la vida no era un juego. Fuimos aterrizando en terrenos pedregosos, dolores, tristezas, soledad, miedos. Pero siempre los amigos estábamos amarrados con nudos marineros y así todo era más fácil. Con ellos siempre había el espacio para las confidencias, el llanto, las carcajadas y esa certeza única de que la soledad no existe mientras exista la amistad. Llega el momento crítico de despedir los papás. Un hachazo nos rompe para siempre, ya somos los mayores. Los hijos crecieron y ahora, sin saber a qué horas, nosotros somos los abuelos.Y de pronto aparece lo inesperado, aquello para lo cual nadie nos había preparado. Los amigos y amigas empiezan a marcharse hacia el absurdo silencio eterno. Trato de explicarle a mi hija. No sé si me entienda. Es un dolor que no se asemeja a ninguno. Es como si de repente al alma le abrieran huecos con un cuchillo afilado. Huecos hondos, perfectos y profundos. Como los del queso gruyere.Tengo ya varios huecos de esos en mi alma, casi que puedo pasar mis dedos entre ellos, los dedos del alma, esos que no se ven pero que existen y que hurgan y escarban y sienten ese vacío redondo, afilado, donde quedó un espacio que ya no se llenara jamás. Sí. La vida es un círculo con ciclos que se cumplen y los atardeceres y amaneceres, lunas y soles, siguen saliendo, indiferentes, y así hasta que el planeta colapse y la humanidad se acabe. Con Adán y Eva, las guerras, odios, depredación humana y salvajismo. Pero el hueco del queso gruyere rompe todos los esquemas. Los amigos no se deberían morir jamás, porque rompen la cadena atada con nudos marineros, ¡y esa tristeza no se va jamás! Me duele el corazón y se me agarrota la garganta por no haber visitado y compartido más a menudo amistades de toda la vida. A veces sigo creyendo que los amigos del alma no se pueden marchar.PD. Dedico este artículo a Lucy Holguín de Zamorano. No fui a verla, lo deje para más tarde. Amiga de viajes, risas, estrenado ilusiones. Recuerdo ese viaje a San Andrés comprando adornos con otros amigos, matrimonios estrenando la vida. Tu embarazo y esa emoción delirante de Alfredo cuando al fin en la Clínica de Occidente Ana Isabel salió al mundo, fina como una filigrana. Alfredo la filmaba. Yo me quedé contigo en la clínica esa primera noche. Tú la mirabas hipnotizada. La vida era una fiesta. Gracias Lucy por tu amistad incondicional. Últimamente nos veíamos menos, pero la amistad seguía igual. Un abrazo Alfredo, Annie, Manuel Teodoro. Lucy ya está en paz.Quedo con otro hueco gruyere. En este año ya no están Carlos, Toby y Lucy. Nunca me prepararon para esta etapa. No quiero aceptarla. ¡Exijo que mis amigos que tengo, los del parche, los míos, sean inmortales. No Acepto más huecos en mi queso. Duelen demasiado. No tienen repuesto en el corazón!

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