¡Qué mujer!

¡Qué mujer!

Diciembre 01, 2015 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Svetlana Alexievich, mucho más que una escritora, mucho más que un Nobel. Hasta hace pocas semanas no sabía de su existencia, y ahora no puedo parar de devorarme una y otra vez los dos libros que nos han llegado a Colombia: ‘Voces de Chernobil’ y ‘La guerra no tiene rostro de mujer’.¿Quién es esta mujer que se recorrió toda la Unión Soviética para encontrar la verdad? ¿Esa verdad sepultada durante años bajo los escombros de Chernobil? ¿Esa verdad también escondida durante décadas de la participación activa de miles de jovencitas en la Segunda Guerra Mundial?Esa mujer, hija de dos maestros de escuela de un pueblito llamado Stanislav que ya no existe en el mapa. Esa mujer que sintió desde pequeña la pasión por la palabra escrita y por la historia y decidió irse a estudiar en la Universidad de Minsk, para luego hacer sus primeros pinitos en escuelitas locales de pueblos perdidos como profesora de historia y alemán, y posteriormente dedicarse al periodismo-reportaje en el diario ‘Narowla’ y en la revista Neman, expulsada de ambas cuando terminó de escribir su primer libro.Se propuso, aún a costa de su propia vida, desentrañar la verdad, especializándose en lo que los críticos llaman “escritura polifónica”, “novela colectiva”, “coro Épico”, o “novela-evidencia”. El nombre es lo de menos.Lo impresionante es que tuvo las agallas, el valor, la osadía, la temeridad de entrevistar durante años y años a los hombres y mujeres que habían vivido en carne propia, que habían sufrido, que habían sido actores, víctimas y testigos de las peores carnicerías humanas de la historia contemporánea.En sus páginas desgarradoras, sin paliativos ni anestesia emocional, su voz apenas aparece, como hilo conductor. Las voces, los gritos, los recuerdos que formaron llagas en el alma, el heroísmo sin límite, los testimonios pertenecen a esos hombres y mujeres que jamás tuvieron la oportunidad de hablar ni ser escuchados, de esas jovencitas que se lanzaron al combate llenas de patriotismo y esperanza, de amor patrio y que luego fueron relegadas al olvido, muchas rechazadas por su propio país que prefería no recordar.Jamás me había enfrentado a literatura tan dura. Los lectores también tienen que tener agallas y apretarse el corazón para leerlos hasta la última página, y más agallas para releer algunos testimonios sin sentir que las tripas se contraen, el alma se arruga y entender a bofetones de palabras hasta qué punto llega la maldad, la sordidez y la crueldad del ser humano.Esa maldad infinita agazapada dentro de cada uno de nosotros. Comprender, asimilar y enfrentarnos a la realidad cruda, sangrienta, violenta de las guerras, los desastres nucleares y las mentiras de los Estados y sus gobernantes.- “No conocíamos el mundo sin guerra, el mundo de la guerra era el único cercano, y la gente de la guerra era la única que conocíamos. Hasta ahora no conozco ni otro mundo ni otra gente. ¿Acaso existieron alguna vez?”.- “No siento respeto por el mundo de Stalin ni de Putin. Respeto al mundo ruso de la literatura y la ciencia”.- “Durante mucho tiempo fui una chica de libros. El mundo real a la vez me atraía y asustaba. Y en ese desconocimiento de la vida se originó mi valentía. A veces pienso: “¿Si yo fuera una persona apegada a la vida me habría atrevido a lanzarme a este pozo negro?”.- “Ya a los poderosos de Rusia no les será tan fácil rechazarme”.

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