Oro y sangre

Julio 24, 2017 - 11:40 p.m. Por: Aura Lucía Mera

Pasear como turista desprevenido por Buenos Aires, Suárez y llegar hasta la represa de Salvajina es recorrer un paisaje privilegiado por la naturaleza. La carretera en excelentes condiciones serpentea a lo largo del valle para adentrarse en curvas suaves y onduladas hacia el piedemonte y las montañas apretadas de la Cordillera Occidental. El río Ovejas, el Cauca y varias quebradas enmarcan el camino, sorprendiendo con esporádicas y torrentosas cascadas de agua cristalina que caen como gotas de diamante sobre la espalda de sus visitantes para descender luego en piscinas hasta las aguas profundas y misteriosas del embalse.

Esa sensación de paraíso y nirvana se torna amarga y triste cuando la historia de esos dos pueblos nos lleva a repasar la historia de sus habitantes. Historias de oro y sangre, de esclavitud y sometimiento, de acosos guerrilleros y de autodefensas, manipulaciones indecentes de multinacionales y empresarios y políticos corruptos que han abusado desde hace siglos de esta población negra e indígena sin conmiseración.

Todo el calvario inicia en el Siglo XVI cuando los jesuitas, en nombre de Dios traen encadenados los primeros habitantes del África para trabajar sacando el oro de los ríos y poder enviar toda esa riqueza a España y extender su poder en la región. Choque cultural violento con los nativos que habitaban la zona desde tiempos inmemoriales y que también fueron sometidos y ‘convertidos’ a la fuerza, arrebatándoles su identidad y sus tradiciones.

Pasan los siglos pero la explotación humana no cambia. Llega la Independencia. Se liberan los esclavos. Empieza la lucha bipartidista y con ella la violencia. El Frente Nacional permite la llegada de compañías mineras extranjeras que con su maquinaria empobrecen aún más a la población nativa. El oro desaparece y pasa a otras manos, mientras que la minería artesanal apenas da para sobrevivir.

En los 80 se construye el embalse de Salvajina para evitar inundaciones del Cauca en el Valle, pero se arrasa con la población sin ningún miramiento. Pareciera que los negros e indígenas fueran parte del paisaje por cambiar. Se parte en dos la población nativa cuando la represa se llena y los que quedaron del ‘otro lado’ perdieron contacto con muchos de sus familiares, sus costumbres y sus tradiciones ancestrales. Más de ciento sesenta metros de agua de profundidad ahogaron para siempre minas artesanales, cultivos, viviendas y semovientes. Esa represa para muchos vallecaucanos se convirtió en la ‘salvación’ de sus tierras pero para los habitantes de esos dos pueblos fue la ‘salvajada’ sin retorno.

De las pocas cosas positivas que trajo este atropello sistemático fue la unión de negros e indígenas, luchando juntos por la misma causa. Dignidad y respeto. Derechos y autonomía.

El sábado pasado recorrí Buenos Aires. Quedé conmovida y emocionada al ser testigo de un funeral de un ser muy amado por su familia afrodescendiente, que para honrar la vida y despedir a su ser querido repartió cajitas con almuerzo para todos los habitantes. Mujeres color ébano bellísimas como juncos, señoras mayores dignas en su dolor y altivez, hombres maduros y jóvenes con sus mejores galas. Una tradición que no se ha perdido en este caos globalizado.

Suárez es un hervidero humano. Comercio, ventas, mercado, artesanías, música. Festejando la vida y el instante, sin haberse doblegado jamás. La Represa al fondo, misteriosa y majestuosa, indiferente y bella, ajena a las convulsiones humanas.

Ojalá conociéramos mejor nuestra historia y que la Colombia de la Paz les devuelva toda la dignidad y los derechos arrebatados a estas dos razas prodigiosas de indígenas y afrodescendientes que jamás van a dejar de luchar por el lugar que les corresponde en nuestra sociedad.

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