No olvidar jamás

Marzo 20, 2012 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Recuerdo, en mi adolescencia, con terror, los nombres de ‘El Cóndor’, León María Lozano, los chulavitas, los godos, Gustavo Salazar García, César Tulio Delgado, Laureano Gómez, líderes conservadores de la región. Se hablaba de ‘ellos’ en voz baja, y si se preguntaba mucho, los mayores cambiaban el tema. Coincide ahora, que me termino de leer el libro del sociólogo Alfredo Molano ‘Los años del tropel’ y leo en la prensa que Tuluá está que arde con asesinatos, ajustes de cuentas, en fin, la violencia eterna, que cambia de nombre pero con el mismo resultado, muertos y más muertos.Mi familia paterna jamás fue política, y por el lado materno algunos tíos conservadores, pero empezando por mi mamá, los más berracos, liberales.Se trataba de mantenernos al margen, frente a esas reales atrocidades que se cometieron en esa época, Tuluá, Betania, Zarzal, Salónica, El Dovio, La Unión. Sabía, obviamente, sobre la absoluta sevicia con que los ‘godos’ despachaban a los ‘liberales’, con el apoyo de las parroquias y de los curitas. Pero una cosa es saber de oídas, y otra muy distinta leer en ‘Los años del tropel’ esos testimonios desgarradores, implacables, de hombres y mujeres que fueron desplazados, con sus familias degolladas, las niñas violadas, los ranchos incendiados. También los testimonios de los ‘godos asesinos’ como Chimbilaco, que nos muestran la otra cara de la moneda. Como en cualquier guerra religiosa, los godos, con la iglesia, suprimían “infieles, apostatas herejes, enviados del diablo para condenación eterna de la patria”.De esto ya hace 50 o más años. Pero seguimos matándonos. Pareciera que los colombianos estamos manchados con la señal de Caín, y condenados a odiarnos y suprimirnos, cualquiera sea la causa. Antes eran godos contra liberales, luego los liberales se desquitaron, luego aparecen las guerrillas campesinas en los Llanos, luego viene la coca y la marihuana, luego los paramilitares, luego los narcotraficantes, los sicarios a sueldo, los paracongresistas, los carruseles, como si una cadena invisible uniera y pegara con sangre una violencia con otra, cambiando sólo los titulares de los periódicos.Leo sobre Tuluá y se me encoge el alma. Tuluá, ciudad pujante, llena de gente bandera, se merece otro destino. Ya por sus calles corrieron suficientes ríos de sangre. Ya en las aguas de sus ríos flotaron, hinchados y podridos, suficientes cuerpos. Lo mismo se merecen todas las ciudades y veredas del país. No más sangre. No más campesinos muertos, porque desde épocas inmemoriables, los que se matan unos contra otros son el mismo pueblo, raramente los estratos altos se untan de sangre. Se nos olvida que todos, sin excepción, somos colombianos, sin distingos de raza ni cuentas corrientes. Hemos cohonestado con la muerte de millones de hermanos.Vamos a ver si ahora, con la restitución de tierras a los desplazados y condenados a errar por el mundo, mendigando el derecho a vivir, hacemos un acto de reflexión y paramos esta violencia, la más salvaje y larga en la historia de cualquier país. No sólo necesitamos, sino que creo que sí es posible vivir en paz. Perdonarnos los unos a los otros, porque todos estamos untados. Pero no olvidar el pasado. Saber de dónde venimos, en qué estamos y para dónde vamos. ‘Los años del tropel’, un libro para tener la memoria fresca, así se nos encoja el alma.

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