Mis órganos

Mis órganos

Febrero 07, 2017 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Si no leí mal, entendí que por ley ya todos los que pasemos la barrera del sonido al más allá, de las preocupaciones políticas y el futuro del mundo a la paz eterna, del bullicio al silencio de los sepulcros, de ser acompañantes de los duelos a ser los causantes de los mismos, de llorar por los seres que amamos a ser los llorados, en fin, cuando ya la página esté volteada y sin reversa, nuestros órganos serán donados regalados, vendidos o permutados para otras cosas. Por ley.Sin derecho al ladrido, como se dice. Ya Francisco el Hombre prohibió que se esparzan nuestras cenizas en el viento, en el mar, en los ríos, o que se fundieran con árboles y plantas. Y ahora, la ley de que lo que quede, pues nos vaciarán primero, tiene que ser enterrado o enclaustrado en cajoncitos sellados, los restos de los restos, para beneficio económico de los Metropolitanos.Les cuento que me anticipe. Ya hace unos dos años firmé, con dos de mis hijos de testigos, mi derecho más fundamental e inamovible: aquel de Morir Dignamente. DMI son sus siglas. Prohibido resucitarme, intubarme, llenarme de cuerdas y aparatos, alimentarme por el ombligo, obligarme a yacer como un muñeco de trapo en una UCI donde no tengo la mínima posibilidad de contacto humano, con un batallón de enfermeras asépticas que hablan en diminutivo y responden a nombres modernos como ‘Yamuri, Laidi, Yisseni, Sulami, Yazmine…’. Prefiero y escojo, así esté vuelta un guiñapo, ver a mi alrededor, olfatear o percibir a mi lado y sentir el amor de las personas que amo.Lo de mis órganos es otro cuento. Ya cada uno tiene dueño, o por lo menos los más importantes. Los repartí hace mucho tiempo. Ellos son los encargados de cuidarlos, mantenerlos y monitorearlos.Mi corazón pertenece por entero a Martin Wartemberg. Mis pechos a Diana Felisa Currea. Mi aparato digestivo a Héctor Raúl Echavarría, mi juanete y otros huesos a Alfredo Martínez. Mi sistema reproductivo ya en retiro de funciones, pero completo, a Alejandro Victoria. Mis riñones a Jaime Duque. Hígado, páncreas, vesícula a José Abello. Los ojos son de Carmen Barraquer. Todos profesionales y humanos, que para mí es lo esencial. La lista podría continuar a medida de que los demás órganos necesiten de asistencia.Los órganos intangibles también ya repartidos. Las emociones están a cargo de Carlos Climent. La sobriedad a Alcohólicos Anónimos. La ternura a mis nietos. El amor incondicional y eterno a mis hijos y al primer y estrecho círculo de amigos íntimos. La alegría a los libros, a las piscinas, a la escritura, a los atardeceres, a las ceibas, a la luna, a la tauromagia. La sensibilidad está extendida a muchos seres. Lo mismo pasa con la solidaridad.Todo lo tengo repartido. Eso es lo que me permite vivir en armonía. Un día a la vez. sin proyecciones catastróficas ni angustias innecesarias. A gradecida por haber tenido la oportunidad de ganarle la carrera, como dice uno de mis nietos, a esos millones de espermatozaurios que también querían vivir. Triunfé. Llegué al planeta azul, sietemesina y flacucha, fea y amarilla.Crecí teniéndoles pavor a las gitanas que me iban a robar si no me comía la sopa. Pude hacerme amiga del Ángel de la Guarda quien aún me cuida. Llegue a la adolescencia montada en caballos, dando volteretas en un columpio de vuelo y trepándome a los árboles. Me enamoré y el recuerdo de ese primer beso aún lo tengo en mis labios.Me casé enamorada y tuve cuatro hijos que adoro y respeto. Separación y luego encontrar otro amor intenso y trágico. El camino se fue complicando, pero siempre lo recorrí apasionada y a fondo. Errores, desvíos, atajos malsanos, terrores, depresiones, pero siempre encontrando un nuevo amanecer.No pienso cumplir la orden papal. No quiero que me encierren, ni me entierren. Quiero seguir dispersa, volando por los aires, impulsada por el viento. Además no tengo intención de donar ningún órgano... a menos que quieran uno nuevo para la Catedral, donde siguen insistiendo en el degollamiento de Juan el Bautista y amenazando con el fuego eterno, Amén.

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