Me pregunto

Agosto 07, 2017 - 11:40 p.m. Por: Aura Lucía Mera

Me pregunto porque me preocupa. El consumo de alcohol y demás sustancias psicoactivas aumenta vertiginosamente. Sobre todo en los adolescentes. Eso es una verdad de a puño, así padres de familia, profesores y allegados lo quieran negar o minimizar. Se sigue creyendo porque es más cómodo identificar a los indigentes o habitantes de la calle que ya están más allá de la ‘línea del no retorno’ con la problemática, pero no nos damos cuenta que hace rato estamos perdiendo una generación.

Ya es bastante patético ver adultos mayores disimulando el tufo y sacando excusas para seguir ‘chupando’. Me libré de pertenecer a este estrato a tiempo porque reconocí mi enfermedad y obedecí todas las sugerencias de terapistas y centros de rehabilitación donde me interné, y sigo asistiendo al grupo en Alcohólicos Anónimos porque sé que mi enfermedad solamente la puedo controlar y jamás estaré curada, como tantos adictos creen.

Ya en Colombia se declaró la adicción como un problema de Salud Pública y por lo tanto de obligatorio subsidio por las EPS. La alegría de la noticia se convirtió en tragedia pues varias de las instituciones prestadoras de servicios de salud más serias tuvieron que cerrar sus puertas. Las EPS jamás pagaron sus deudas y las llevaron a la quiebra.

Pero mi mayor preocupación o indignación es saber que en Cali y el Valle pululan los ‘centros de recuperación’ de garaje, piratas sin ningún profesional acreditado que las dirija, ni equipos terapéuticos especializados en adicción.

Un negocio redondo. Juegan a terapeutas, algunos cobran sumas millonarias para mantener sus centros de spa, piscinas, y se inventan trucos espirituales para tratar esta enfermedad diabólica e incurable que afecta cerebro, emociones, órganos internos y destruye la vida no solamente del consumidor sino de todo su entorno. La mayoría de los pacientes recaen pero eso no importa. El precio “cubre la recaída”.

Existen mal llamadas “comunidades terapéuticas” que internan al adicto por meses o años, lo tratan como a un animal, lo insultan y lo encarcelan aislándolo de todo contacto con la realidad. Otros ‘centros’ suministran, fármacos antipsicóticos y antidepresivos sin tener idea de sus efectos secundarios. A muchos les lavan el cerebro en nombre del Mesías, y la teoterapia y la salvación consiste en la fe y el arrodillarse.

Es una vergüenza por no decir un crimen que las Secretarías de Salud jamás hayan hecho un censo o monitoreo, o exijan certificados de esos centros. Pasan de agache. “El vicio” no es prioridad. No han caído en cuenta, o no les da la gana entender que el alcoholismo y la drogadicción son enfermedades primarias, progresivas y mortales. El cerebro del adicto funciona diferente de aquel que bebe o consume droga ocasionalmente. Podrían certificar esta afirmación con la Organización Mundial de Salud.

He asistido a muchos funerales de personas estupendas que no lograron detener su consumo, que no quisieron admitir la impotencia ante estas sustancias, que no se agarraron a los grupos de Alcohólicos Anónimos y Narcóticos Anónimos. Que fueron víctimas de tratamientos inadecuados y falaces.

Veo como jóvenes adolescentes ya no conciben reunirse sino rodeados de alcohol, como venden y compran estupefacientes, como se van perdiendo en ese mundo trágico y oscuro a la vista de todos y sin que nadie vea nada.

Posdata: Leo titulares de mujeres que mueren por inyectarse porquerías en la colas pero jamás he leído de algún joven muerto por un tratamiento errado en algún centro de rehabilitación... Curioso, ¿no?

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