Lo mataron los políticos

Lo mataron los políticos

Marzo 26, 2018 - 11:40 p.m. Por: Aura Lucía Mera

El Domingo de Ramos, cuando Jesús de Nazaret entró triunfante en su burro y fue aclamado por el pueblo oprimido que veía en Él una esperanza de cambio, firmó su sentencia de muerte.

Los poderosos, los que mandaban y sus áulicos, los señores de la Iglesia, sabios, ricos epulones, amos y acumuladores de riqueza, no vieron con buenos ojos que este joven sencillo, sin joyas, sin títulos, acompañado de doce pescadores, mujeres ‘non muy sanctas’, enfermos, mendigos, lo recibieran con palmas, aplausos y gritos de alegría.

Un revolucionario despelucado. Un transgresor. Un agitador de masas. Un irrespetuoso de la ley. Un extraño proclamando cosas impensables. Amor, igualdad, respeto, caridad, misericordia, compasión, perdón.

Un hijo de un carpintero viejo y una joven campesina. Un hombre misterioso que había desaparecido del pueblo por años. Un hombre que escogió como amiga y confidente a una mujer que iban a lapidar. Un hombre incómodo para el sistema. Un hombre peligroso para las castas políticas acostumbradas al poder, a dictar leyes a su amaño y a no dejarse tumbar por nadie.

Era necesario eliminarlo a como diera lugar. Pregonaba una revolución peligrosa. Podría producirse una asonada popular de consecuencias inimaginables. Él, según los evangelios ya lo sabía, como sabía que en su muerte estaría su victoria.

Necesitaba un hombre de los suyos, el que manejaba las exiguas monedas, de confianza, para pedirle que lo ‘entregara’ a sus enemigos. De otra manera no podría cumplir su misión que partiría el mundo en dos: aC -dC.

Escogió a Judas. Judas cumplió su promesa y cuando estaban ese anochecer reunidos en el Monte de los Olivos, se le acercó, lo besó y lo señaló para que los guardas del sistema lo detuvieran.

Este martes se conmemora esa traición. Siempre me ha intrigado la figura de Judas el ‘malo’, creo que había otro ‘bueno’. Sin su ‘traición concertada’ no se hubiera podido consumar la muerte del Nazareno ni su resurrección ni su mensaje se habría expandido por la tierra entera.

A lo que voy es que fue un asesinato político. Fue el sistema corrupto, clasista, elitista, opresor e intocable el que lo condenó. Por comunista. Por atreverse a decir que todos somos iguales y merecemos igualdad de oportunidades. Por dignificar el rol de la mujer, por ser amigo incondicional de sus amigos, por echar a latigazos a los mercaderes en los templos, por enseñar amor y perdón.

Reinvindico a Judas Iscariote. Hizo ‘lo que tenía que hacer’. Luego se ahorcó. En los afectos lo tengo más cerca que a Pedro, quien lo negó tres veces a sangre fría y luego en su nombre la Iglesia Vaticana se fue convirtiendo en otro poder político y tenebroso, lejos de aquel mensaje sencillo y profundo que dejó el nazareno crucificado.

Mensaje sencillo pero muy difícil de cumplir. Amor, perdón, igualdad significan lo contrario de nuestra naturaleza humana donde imperan la avaricia, el odio, la venganza, la desigualdad y la inequidad.

No suelo participar de los rituales de esta Semana Santa. No me gustan. No veo ninguna coherencia entre muchísimos comulgantes y fieles que salen de la iglesia y jamás practican en su vida diaria nada de lo que predican.

Prefiero buscar y encontrar al Nazareno dentro de mí. En la naturaleza. En el silencio. En seguir esas enseñanzas lo mejor que puedo cada día. Es mi mejor amigo. Pero no lo encuentro dentro de los templos ostentosos, ni en los mármoles vaticanos, ni en los anillos de los cardenales. Tal vez lo vislumbro en las palabras del papa Francisco, en el llamado al amor y el perdón entre los colombianos de monseñor Darío de Jesús Monsalve el pasado Domingo de Ramos, o en la obra silenciosa y profunda del padre Amadeus, verdaderos discípulos, congruentes con su apostolado y sus vidas personales.

¡Sí. Todavía existen discípulos que llevan incrustado en sus almas ese mensaje de igualdad, amor, compasión y perdón!

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