¡Lo logramos!

Septiembre 08, 2015 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Una ciudad bañada por siete ríos. Situada en el piedemonte de una cordillera altiva e imponente que lleva al mar. Acariciada por un valle infinito, verde esmeralda, fértil. Adornada de ceibas centenarias, palmeras que danzan con la brisa vespertina, samanes que se abren como sombrillas gigantes, guayacanes, frutales, atardeceres dorados, amaneceres que tiñen de rojo las cumbres de los Farallones.Una ciudad enclavada dentro de un entorno natural privilegiado, un paraíso asentado a mil metros sobre el nivel del mar, pródigo y generoso, iluminado por soles brillantes y abanicado en las tardes por una brisa sensual que mece las copas de los árboles en suaves cadencias musicales.Ciudad única. Siete ríos de nombres sonoros: Cauca, Meléndez, Lili, Aguacatal, Pance, Cañaveralejo, que la surcaban y recorrían cantarinos, contentos, jugando entre piedras y espumas, cristalinos o desbordados por lluvias y tormentas que encrespaban sus aguas y descendían imparables desde sus cuencas, territorios sagrados e intocables, porque eran la fuente de la vida.Una ciudad enclavada en la poesía. Una ciudad que hubiera podido ser la más bella del Continente. Habitada por mulatos, negros, mestizos, descendientes blancos de aventureros españoles. Una ciudad que en sus comienzos fue una amalgama de culturas y tradiciones, de razas y sabores. Donde había espacio para todos.Con el paso del tiempo ese enclave privilegiado fue desapareciendo. Lo que se creía un imposible sucedió. Esa ciudad bañada por siete ríos, con una diversidad de aves, bosques secos y húmedos, valles y picos, cascadas, guaduales se fue convirtiendo en un conglomerado caótico, sus siete ríos convertidos en cloacas nauseabundas de charcos estancados, donde flotan toda clase de desperdicios, materias fecales, pedazos de colchones, plásticos, cáscaras de frutas podridas.Esa ciudad es Cali. Y nosotros lo logramos. Logramos lo que parecía un imposible. Acabar con las cuencas de los siete ríos, deforestar sus márgenes, erosionar sus montañas, violar los santuarios donde nacían las aguas entre musgos y líquenes, sombras y follajes.Recuerdo desde pequeña, cuando se creó la CVC, la ‘preocupación’ por la tala incontrolada de árboles y la contaminación de los ríos. Han pasado los años y jamás se hizo nada. La ciudad de mis abuelos, mis padres, mis hijos y mis nietos se muere de sed. Ningún gobierno. Ningún instituto. Ningún experto logró crear conciencia.Lo logramos. Cuatro generaciones bastaron para ello. Y todos somos responsables porque sus habitantes lo permitimos. Cómplices de la depredación y la destrucción del medio ambiente.Siete ríos muertos y pestilentes. Sin dolientes ni paternidad responsable. Escasez de agua, epidemias. Se sabía. Lo sabíamos. Nunca hicimos nada. ¡Qué vergüenza! ¡Lo logramos!PD: ¿Qué tal que en las primeras páginas de todos los periódicos del mundo y las redes sociales, twiters, facebooks, mails etc., publicaran las fotos de los niños asesinados en Colombia, durante más de cincuenta años de violencia, guerrillas, paramilitares y bandas criminales? Si la imagen de una sola criatura en esa playa solitaria nos arrancó lágrimas, ¿cuál sería la reacción internacional? ¿Un bebé conmueve y miles no importan?

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