Les pido perdón

Junio 28, 2016 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Alfredo Molano Bravo en su columna de El Espectador el domingo pasado dedicada a su nieta Antonia, le cuenta en palabras sencillas y cargadas de sentimiento cómo desde su infancia se vio envuelto en el espiral de una violencia fratricida, que acaba de terminar con el acuerdo firmado el 23 de junio para el cese al fuego bilateral, silenciando las armas que han rugido por más de medio siglo, yo diría más de un siglo, el aire patrio.Me identifico con él. Yo también crecí dentro de este espiral. Nunca conocí nada diferente. Recuerdo a mi mama esperándonos en la puerta de la casa, cuando nos devolvieron del kínder ese nueve de abril. En Cali también se sentía el terror. Recuerdo las conversaciones en voz baja de los adultos estremecidos todavía con la matanza de la Casa Liberal del Valle, en la que un tío se había salvado de milagro. Recuerdo en la finca de mis tíos en Chinche, una noche en que nos despertaron para regresar a Cali a toda mecha para “salvarnos de la chusma de Tenerife”.Recuerdo cómo se me aceleraba el corazón cuando en la mesa del comedor se hablaba de política y el ambiente se ponía espeso, porque mi papá era conservador y mi mamá liberal..., y los godos eran los buenos y los liberales se iban al infierno. Y yo no quería que mi mamá se fuera para el infierno. Y cómo en otras casas los godos se llamaban ‘pájaros’ y eran asesinos y los liberales eran los buenos.Recuerdo cómo nos escondían los periódicos para que no leyéramos la ‘página roja’ donde contaban de campesinos degollados con ‘corte de franela’ que quería decir que les sacaban la lengua como si fuera una corbata y las fotos de cuerpos inflados que bajaban por el río Cauca.Recuerdo cuando escuchaba decir “que no se sabía si los negros tenían alma…”, y cuando los pobres simplemente eran parte del paisaje, y además “podían ser peligrosos”. Recuerdo como en el colegio nos llevaban una vez a la semana a un sitio llamado ‘barrio de lata’ y llevábamos sopita para los pobres y con eso creíamos que teníamos ya el cielo asegurado.Me enteré muchos años después que uno de los padrinos de mi matrimonio era el Presidente que había ordenado bombardear Marquetalia. Y que existían ‘repúblicas independientes’ llenas de asesinos que “nos querían matar a todos”.También recuerdo la felicidad cuando Fidel Castro ganó la Revolución en Cuba. La adoración por El Che, la admiración por Camilo Torres y las lágrimas cuando lo mataron. El escándalo de la monja Leonor cuando colgó los hábitos del Mary Mount para irse a luchar por el pueblo desde el monte. La reverencia por Fals Borda y Germán Guzmán que se habían atrevido a escribir un libro sobre la violencia y la desigualdad.Recuerdo muchas cosas. Dolorosas, injustas, clasistas, racistas. Y ese lento despertar a una sensibilidad diferente, ese aprendizaje de los matices, de que las cosas no son blanco y negro, buenas o malas, infiernos y cielos, derechos sin deberes, ese caer en cuenta de que yo también era parte de la historia, con mis omisiones y mis logros, mis rencores y mis ideas atávicas y confundidas de que no me iba al cielo por dar una sopa, de que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos y que yo tengo más deberes porque he recibido más.Sí. Maurice Armitage. Gracias por traer el tema al tapete. ¡Yo también les pido perdón! ¡Quiero ver y sentir la Paz y la equidad!

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