Las selvas de cemento

Abril 19, 2011 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

La experiencia sudafricana me lleva de nuevo a reflexionar sobre la estrecha relación entre la violencia y los espacios. Al preguntar en la reserva de animales por qué tenían los leones en otro lugar apartado, me respondieron que como esa era una reserva pequeña, “solamente” diez mil hectáreas, no había suficiente espacio para que los leones pudieran llevar su vida normal, es decir, con cacerías nocturnas o desplazamientos en manada. Y por lo tanto las otras especies se sentirían acorraladas, y el ciclo natural de la vida salvaje no tendría su evolución normal. Que solamente en espacios gigantescos, como en Kruger Park, al que tuve la oportunidad de visitar hace algunos años, donde el territorio es casi infinito, como el de dos departamentos de Colombia juntos, elefantes, cebras, gacelas, rinocerontes, hienas, panteras y todas las especies que habitan en esas sabanas salpicadas de arbustos y árboles pueden convivir, nacer, reproducirse y morir.Cape Town, que más parece un jardín que una urbe de más de seis millones de habitantes, es una ciudad en la que por ley “la naturaleza es de todos” y nadie le puede negar el espacio al vecino. Los edificios son pocos y no pueden pasar de cierta altura ni ser construidos en cualquier lugar. Pobres y ricos. Mansiones y tugurios de lata donde la pobreza es extrema, disfrutan del espacio. No se ven cambuches adosados ni hacinados unos con otros. Todos sus habitantes tienen el derecho al viento, al mar, a las flores y al paisaje. Cape Town es la ciudad de Sudáfrica con menos índices de violencia. El ritmo de la ciudad es armónico, alegre y amable. Nadie tiene prisa. Nadie agrede.Pienso en Cali. Esta ciudad privilegiada situada en un piedemonte que lleva al mar, y que se extiende en un valle fértil y esmeralda. Podría ser una de las ciudades más bellas del mundo. Desgraciadamente, intereses personales, obsesiones monetarias y un desmedido afán de lucro por los espacios, lograron convertirla en el caos tugurial en que vivimos, no convivimos, actualmente. Basta cruzar el puente de Juanchito o el de la recta a Palmira y ver el horizonte infinito, hermoso, que se abre a nuestros ojos. Basta cruzar el límite metropolitano y quedar envueltos en tóxicos, contaminación, ruidos estridentes y edificaciones apretadas donde el ciudadano no tiene derecho a respirar, mucho menos a convivir en paz.Todo animal necesita un mínimo territorio para sentirse tranquilo. Y nosotros somos una especie animal, así nos creamos la última Cocacola del desierto. Las viviendas de ‘interés social’ son un atentado contra la dignidad del ser humano. Paredes de ladrillo hueco separan una vivienda de otra. Espacios ínfimos e infrahumanos donde se les ‘brinda’ casa propia a familias numerosas que se ven obligadas a vivir unas encima de las otras, sin ninguna privacidad ni intimidad. Seres humanos obligados por el capitalismo aberrante a sobrevivir como animales de ínfima categoría.Hábitat generadores de violencia, intolerancia, maltrato e insalubridad. El ser humano no está hecho para vivir apelotonado ni encerrado. Las selvas de cemento sólo sirven para que nuestros peores instintos se disparen. Para que el hombre se convierta en el lobo del hombre. Y no es el caso de pobres y ricos. Esta ciudad hubiera dado, si hubiera tenido gobiernos decentes, para entregar espacios dignos a todos sus habitantes. No es una casualidad que en el campo, cerca al mar, en los páramos, cuando estamos en contacto con la naturaleza, la agresividad disminuya a sus más bajos niveles. El mayor crimen de los caleños contra los caleños es haberlos obligado a cohabitar en hacinamiento, cuando nuestra situación privilegiada de valle, montaña, ríos y piedemonte hubiera hecho posible una ciudad digna, decente y tranquila. A ver si esta Semana Santa nos ayuda a reflexionar.

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