La dimensión del olvido

Julio 26, 2016 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

El 5 de agosto de 1939, trece jóvenes fueron fusiladas en Madrid luego de ser detenidas en la cárcel de Las Ventas, frente al manicomio, por sus ideas a antifranquistas. Uno de los episodios más salvajes del inicio de la dictadura. Las llamaron las Trece Rosas.Arrancadas de sus hogares, violadas, torturadas y sometidas a toda clase de vejaciones antes de ser llevadas, sin juicio alguno, al paredón. Su único pecado, pensar diferente. Haber abrazado otra bandera. Otras ideas. Albergado sueños diferentes.Jesús Ferrero, uno de los más universales y reconocidos escritores españoles, precisamente publicó sus historias en su novela ‘Las Trece Rosas’, en 2003, para que esta tragedia no quedara sumida en el olvido. Porque ya habían quedado borradas de la historia.En una entrevista hace algunos años, refiriéndose a la España actual, afirma esa “dimensión del olvido, aterradora... Se ha ‘perdonado’ todo, pero ha quedado enterrado como en una olla podrida... Es mejor desenterrar todo de una vez para llegar a comprender...”.“... Con los muertos hay que llevar un proceso de duelo, que es lo que lleva a la liberación. Algo que las antiguas culturas entendían muy bien... Cuando los muertos no tienen tumba ni duelo, se convierten en fantasmas terribles...”. “Tenemos que librarnos para siempre de que el ejercicio del mal se convierta en un asunto ordinario...”.Me pregunto, ¿cuántas masacres desde el inicio de la violencia en Colombia han quedado en el olvido? Sepultadas en la memoria colectiva que decidió ignorarlas y borrarlas de la historia. Cuántas familias, centenares, miles, que jamás pudieron procesar su duelo porque tampoco encontraron sus muertos.Trece rosas... miles y miles de miles de rosas mutiladas, violadas, condenadas al silencio, a seguir viviendo con el alma muerta... porque de las atrocidades contra las mujeres se habla muy poco en este país del Sagrado Corazón... porque desde el inicio de este genocidio perpetrado en Colombia, sistemático y continuo, las mujeres siempre han sido consideradas víctimas secundarias.No solamente campesinas jóvenes, guerrilleras, integrantes de las autodefensas, compañeras de los narcotraficantes han sido asesinadas, violadas, obligadas a abortar, enjuiciadas... muchas de ellas ‘desaparecidas’, sin registro ni historia.Miro una y otra vez los vídeos de la revista Semana y de El País de España que muestran en reportaje gráfico imágenes de campamentos guerrilleros ya en el proceso didáctico del posconflicto armado...Jóvenes bonitas. Vanidosas. Sin descuidar su apariencia a pesar de vivir en el monte. Sus deseos expresos de reintegrarse a la sociedad civil, estudiar, progresar, muchas de ellas con la convicción profunda de sus ideales de cambio social. Tal vez muchas tengan heridas emocionales profundas. A lo mejor han sido testigo o han sufrido también vejaciones y abusos. Llevan un dolor callado. Compañeras muertas en la contienda absurda. Sienten el temor de ser discriminadas. Rechazadas. Juzgadas. Tratadas como escoria y criminalizadas. También los jóvenes.¿Seremos capaces los ‘civiles’, los ‘buenos’ del paseo de acogerlos con los brazos abiertos? ¿Les cerraremos las puertas? ¿Les daremos oportunidades dignas de trabajo? ¿Respetaremos su forma de pensar? ¿O los señalaremos como en la época de la “letra escarlata” para que no puedan tener una vida digna, amorosa y en paz?Colombia tiene que escarbar. Recordar. Identificar. Rescatar del olvido tantos muertos anónimos. Encontrarles su destino final. No podemos vivir con esos fantasmas cubiertos por nuestra indiferencia. Y a los que regresen, tenemos la obligación de brindarles oportunidades de formar parte integral de la gran familia colombiana que queremos formar. ¿O vamos a continuar con ese odio primitivo que tenemos incrustado?

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