¡La ciudad de Dios!

¡La ciudad de Dios!

Febrero 25, 2014 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

No. No voy a referirme a la prolificación descontrolada de ‘iglesias’ de garaje en que a punta de gritos, palmadas y música agarran a miles de incautos y los despluman para ofrecerles la salvación eterna “porque esta vida terrenal es para sufrirla, pero si pagan los diezmos conocerán la felicidad, etc.”. Tampoco a los esfuerzos titánicos del Papa Francisco para devolverle la dignidad a la Iglesia Católica, una de las más sanguinarias y corruptas de la historia y logra devolverla a sus principios básicos, los que enseñó Jesús de Galilea.No pienso, por ahora, seguir escarbando en esos berenjenales. Admiro a Francisco y a Darío Monsalve, arzobispo. Seres con sensibilidad social, dispuestos a guerrear por el cambio y la equidad. Ojalá no les trunquen sus propósitos.Me refiero a la película ‘Ciudad de Dios’ filmada hace años en las favelas de Río de Janeiro. Actores naturales, gamines, pandilleros, adictos al poder del dinero y las drogas sedientos de ser reconocidos y buscar a toda costa otra vida. Creo que la mayoría de estos muchachos murieron asesinados en vendettas o por “cruzar alguna frontera invisible”.Película fiel reflejo de lo que sucede en Cali, particularmente en barriadas como Potrero Grande, donde sin ninguna consideración hacinaron en bloques de 40 metros cuadrados familias enteras, desplazadas de diversos puntos del país.Como en esta película, los jóvenes, marcados por la violencia, el maltrato, la orfandad y el desempleo se unieron en gavillas para marcar el territorio, aprendieron los beneficios monetarios del microtráfico, conocieron que el consumo de sustancias les proporcionaba valor, amén de aislarlos de los problemas del diario sobrevivir, posteriormente entendieron que el dinero daba poder y autoridad y que después del ‘primer muñeco’ la vida de los otros ni la de ellos eran importantes.Como en la película lo importante para estos jóvenes y niños es vivir intensamente esa adrenalina, la excitación del riesgo, de saltarse los valores y cualquier principio de autoridad. Pagar cárcel es un honor. Es como estar graduado. Sobrevivir a un tiroteo otorga estatus de héroe. Asesinar más que los otros confirma el rango de líder de la manada.El oriente de Cali es una extraña mezcla de culturas. Logros y frustraciones. Así como se encuentran comunas prósperas y solidarias, integradas, colegios de primer orden, fundaciones que impulsan empleo, salud, cultura, miles de habitantes que se rigen por valores éticos, familiares, que son ejemplo de trabajo y honestidad, también existen ‘tierras de nadie’ en las que la violencia y el miedo son bandera.La responsabilidad recae, no me cabe duda en las administraciones que permitieron construir esos cubículos de ladrillo hueco, donde el calor se apodera de cada centímetro, donde es imposible la intimidad y la vida digna y que sus constructoras se forraron de dinero, naturalmente repartiendo las tajadas de rigor.Ya se ven terminadas las jaulas, las llenaron de gente sin que importara si la jaula estaba destinada a una familia del Pacífico con ocho hijos o a una campesina de Nariño con ocho cuis y siete niños. Atropellando tradiciones y costumbres. Irrespetando procedencias y duelos. A la brava, como ganado en camión.Lo más grotesco es que todo lo hicieron ‘políticamente correcto’, vendiendo la idea de ‘viviendas de interés social’. En este valle extenso, en el que la vista se pierde, por no querer ampliar el perímetro urbano por presiones de terratenientes sin hígado, no fue posible construir casas dignas con espacio para huertas, donde las familias pudieran vivir como seres humanos.Jamás este escabroso tema ha sido objeto de debate. Nadie hurga en los orígenes de esta violencia actual. Llegó la hora para que los defensores de Derechos Humanos metan la nariz en estos negociados de los terratenientes originales, los constructores y los políticos alcahuetes de la época. Se encontrarían grandes sorpresas. ¡La solución no es estigmatizar si no devolver la dignidad!

VER COMENTARIOS
Columnistas