¡La caravana de Gardel!

Marzo 08, 2016 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Carlos Palau me recuerda aquel tango de Astor Piazzola ‘Balada para un loco’, ese tango que revolucionó el tango, porque lo sacó del sufrimiento eterno y el dolor para iluminarlo con rayos de ternura, y esa alegre locura del amor. Carlos también es “mezcla del último bergantín y del primer polizón en el viaje a Venus”.Para Carlos también los semáforos son luces celestes que invitan a volar, sentir, vivir. Su vida es un poema y un trombón. Que invita a subirse a las cornisas y con pelucas de alondra volar con una golondrina por motor, abierto a los amores, a planear por la vida extasiándose en la naturaleza y el intangible cubierto de azahares. Piantao. Piantao.Compartí con él un viaje Nueva York- Bogotá, en esa época en que en los aviones se podía fumar, cantar, beber. Carlos, abrazando una grabadora gigante. Nos dedicamos a beber y escuchar tangos y rancheras a lo que da el tejo. El otro Carlos, Ordóñez, compañero de viaje decidió incrustarse en la última silla del aparato tal vez para meditar si definitivamente se había contagiado de esa locura que lo había impulsado a volar sin retorno, a su patria, después de más de treinta años en la Gran Manzana y quemar las naves del pasado.Carlos, entre tango y ranchera whisky y Parliament, me mostró el guión que estaba escribiendo para una película sobre la llegada de los primeros japoneses a Palmira, y el de sus recuerdos de infancia en el colegio de Tuluá, ambas convertidas en realidad y presentadas con éxito en las salas.El viernes pasado, mientras Cali se ahogaba bajo una tormenta feroz, en la que los rayos descargaban su furia y los ríos se encrespaban indomitos, Carlos presentaba por primera vez en la ciudad, ante un auditorio que desafió los elementos, ‘La Caravana de Gardel’, basada en el libro de Fernando Cruz, donde el autor entrelaza en prosa impecable la nostalgia y soledad del último viaje de los restos de Gardel, cinco meses después de su fatal accidente a lomo de mula hasta Buenaventura y el regreso quince años después por esos mismos parajes, en pleno apogeo de la violencia chulavita que llenaba de cadáveres el río.Carlos retoma el final solitario del mito. Ese recorrido triunfal, de ‘La Voz por Colombia’ que terminó en restos de cuerpos calcinados. En una tumba prestada durante seis meses en Medellín, para iniciar un regreso, camuflado como carga en una camioneta que recorrería montañas, cañones, abismos y desfiladeros, atravesando pueblos donde los bares, las putas y el tango, la tristeza, el licor y las pasiones, se combinan con la picaresca de esos hombres y mujeres de manos asperas y corazón valiente .Logrando así una pequeña obra maestra. Lo que llamarían los expertos “cine de autor”. La cámara recorre enamorada esos paisajes montañosos, entra en las cantinas, se arroba con la música del mito (ese pensamiento triste que se baila), se excita acercándose a esas caderas morenas, penetra las miradas tristes y nostálgicas y llega hasta la soledad de sus almas, se enamora de yarumos, acacias, robles y se despereza en las aguas pesadas del Cauca.Hasta llegar la carga a Buenaventura y reposar un rato velado entre alabaos y mesas de domino. Ya el barco alejándose para adentrarse en las aguas furibundas del Pacífico, dejándonos la duda eterna de si eran realmente los restos de Gardel o un cajón vacío, porque en la ruta quedaron sus pertenencias, algunas bufandas, la maquinilla de afeitar y la última escena que nos muestra el entierro en una montaña, rodeado por esos hombres y mujeres que aprendieron a amar, bailar, beber y llorar, recorriendo el Caminito que el tiempo ha dejado.Felicitaciones a Carlos y a su compañera de vida Ángela. Ojalá esa Caravana la pueda disfrutar toda Colombia.

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