He visto muchos muertos

Mayo 02, 2017 - 12:12 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Conversación de veteranos españoles en el bar del Hotel Velázquez, analizando la situación política de España, los recuerdos dolorosos de lo que vivieron (días de terror y hambre) y de cómo ha cambiado la mentalidad y la visión del mundo en sus hijos y nietos.

La voz cascada repite: “sólo quiero la paz, ya he visto muchos muertos. Y los políticos siempre resultan inferiores a sus retos. Mis hijos tomaron sus vidas más a la ligera, más consumo, más dinero. Para ellos la guerra y el Guernica son cosas del pasado. Y mis nietos ni se diga. A ellos les interesa un carajo nada de lo que sucede a su alrededor. Viajan, viven fuera, estudian en otros idiomas, compiten y farrean.

"Mis dolores, mis angustias, recuerdos y lágrimas, para ellos son los cuentos repetitivos del abuelo. Nada les importa sino ganar dinero. Todo lo demás está pasado de moda y ‘no mola’. ¡Vaya lo que les espera! No están preparaos pa'na. No saben na' de la vida, del amor, del dolor.".

Su cabeza cana y su traje azul con corbata de seda, enmarcan su dignidad, mientras bebe un rioja tinto acompañado de olivas negras. Sus compañeros de vida asienten con respeto sus reflexiones.

Pasan a otros temas. Se despiden luego deseándose buena salud. Los años han disminuido sus facultades físicas pero han enriquecido sus mentes en experiencias y sabiduría. Luego entra un grupo de señoras elegantísimas, con collares de perlas auténticas, anillos, y cabezas enlacadas en rubios cenizos o grises. Piden ‘Gin and tonic’, pepinillos y una ración de quesos ibéricos. La pantalla gigante transmite en directo el partido de tenis Thiem - Nadal antes de pasar la corrida de Sevilla. El bar del Velázquez recibe a la clientela habitual del tradicional barrio de Salamanca, uno de los pocos auténticos que todavía existe en el Madrid actual.

Entrar ahí es retroceder el tiempo. Lámparas de cristal, paredes enchapadas en madera fina y piso de parquet, se conservan desde los años 40, cuando el Gran Hotel Velázquez abrió sus puertas recién terminada la Guerra Civil que dejó a España sumida en la pobreza y en la desolación, donde todos los hermanos de sangre fueron víctimas. Y saliendo de la Segunda Guerra Mundial, este hotel se convirtió en el emblema de una ciudad. Fue un resurgir de entre las cenizas, como el ave fénix.

Sus comedores, salones, corredores enchapados mármol rojo, arañas de cristal cortado, habitaciones espaciosas decoradas con buen gusto, elegancia sin ostentaciones, sus famosos desayunos y el bar, se convirtieron en punto de referencia del Madrid residencial.

Hace casi 70 años conserva su señorío. Creció con el siglo, “con tranvía y vino tinto” como diría Piero. A pesar del parquet gastado y las alfombras menos mullidas, aún son famosos sus desayunos y las reuniones del bar pero la sociedad de consumo y la globalización no perdonan, y los nietos de estos señorones que vivieron la guerra, no entienden de nada. Una nueva generación de empresarios y mucha ‘pasta’ ha comprado El Velázquez. Iniciarán su reestructuración en junio y conservarán la fachada que es patrimonio nacional. Lo demás nadie sabe. ¿Destruirán mármoles llenos de historia? ¿Bajarán lámparas de cristal para poner bombas de colores? ¿Decorarán las habitaciones estilo fusión o confusión? ¿Sus desayunos pasarán al olvido? Y el bar, donde se ha construido y destruido la historia de Madrid, ¿abrirá puertas de neón y luces fosforescentes?

No sé ni quiero saberlo. El Velázquez ha sido durante años mi refugio en Madrid. Me duele que la pica, la pala, las grúas y retroescavadoras profanen este edificio histórico, simplemente porque ‘no está de moda’ conservar lo tradicional. Se necesitan 5 estrellas para atraer y empatar japoneses, chinos y mafiosos con billeteras repletas.

P.D. Vuela Palomo. Siempre vivirás en el corazón de tus amigos. ¡Descansa en Paz!

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