Guillermo Barney Materón

Agosto 28, 2012 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Cuatro de la tarde del viernes. La Catedral de Palmira a reventar. Su Virgen del Palmar brillaba cubriéndonos con una luz especial. Todos de pie cuando el Cuerpo de Bomberos de la región ingresó por la nave principal para hacerle una corte de honor a Guillermo Barney Materón, un ser humano de los que no se vuelven a repetir, pero que dejó una huella tan honda que será recordado a través de las generaciones y la tradición oral de los que tuvimos la fortuna de conocerlo.Sus 84 años no se le notaban. Apuesto, sonriente, vital siempre. Incansable en entregarse a su tierra. Me quedé sin conocer la casona donde vivía en Palmira, tierra de mis antecesores por línea materna. Me decía que tenía una colección única de bastones, que me quería mostrar. Cuando supe de su fallecimiento, fui a su despedida, más que impulsada por el sentimiento familiar, por decirle adiós a un ser que siempre admiré y respeté, aunque no nos vieramos con frecuencia. Siempre me quedó grabada, desde pequeña, su imagen, su porte, su hidalguía y su calor humano.No soy quien deba escribir su trayectoria. Pero quiero dejar constancia de la emoción compartida por los que fuimos a darle un último adiós. Una celebración con Obispo y seis sacerdotes en blanco y oro. El incienso rodeaba su féretro y se elevaba a las alturas. La música selecta y el amor que se sentía, mezclado con la tristeza de aceptar que se había marchado para siempre un ser humano  especial. El ambiente parecía tocado por una magia especial. Como si el propio Guillermo estuviera arropándonos a los presentes, y a su tierra que amó con pasión. Kiko Becerra, su sobrino y mi primo, tomó la palabra, y contó que había recogido algunas frases de los que habían acompañado a Guillermo en su velación -transcribo algunas, que no sólo lo definieron, sino que son ejemplo de lo que debe ser nuestro paso fugaz por esta vida-.El legado  y  el recuerdo que todos deberíamos dejar: “Justo, correcto, tierno, amoroso, aventurero, futurista, apóstol de la naturaleza, palmirano de racamandaca, chamán de su tribu, viejo joven, líder, humanista, lector infatigable, abuelo consentidor, gocetas, poeta de la naturaleza, leyenda viviente, docente y decente, cívico, altruista, artista para descubrir talentos, familiar, sabio, respetuoso, honorable...”. Me cuentan que la muerte lo sorprendió en medio de la naturaleza, compartiendo sus experiencias con algunos campesinos de la región. Un hachazo lo partió, no lo doblegó. Dos días después nos decía adiós. Murió en su ley, enseñando, compartiendo, rodeado de ese verde del Valle que tanto amó.Al finalizar la ceremonia su cuerpo fue colocado en un carro de bomberos, seguido por otros diez, que lo escoltaron  envuelto en sirenas hasta su reposo final. La Catedral de Palmira, solemne y luminosa, rindió homenaje a  todo un señor, que me recuerda las estrofas de Machado: “Cuando se acerque el día de mi último viaje, y esté a partir la nave que nunca ha de tornar, me encontrareis a bordo, ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar...”.Adiós, Guillermo. Dejaste huella, hiciste camino al andar... Tus hijos y nietos harán de tu memoria un mito viviente de la inteligencia al servicio del desarrollo sostenible y amable con la naturaleza. Tu mejor herencia, tu ejemplo y entrega, tu rectitud y tu capacidad de dar. El Valle del Cauca está de luto. Perdió uno de sus hombres más valiosos. A ver si los que vienen continúan esa labor sin aspavientos, pero vital para nuestro desarrollo y nuestra dignidad.

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