Enterrar a los muertos

Octubre 19, 2010 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

La morgue no puede almacenar más cadáveres. Los N.N. permanecen arrumados, porque nadie quiere enterrarlos. Al decir nadie, me refiero al Municipio y a la Arquidiócesis de Cali. De todos es bien sabido que el monopolio de los muertos, un negocio redondo, lo tiene la Iglesia, o sea la Arquidiócesis. Ella es la dueña única de los Cementerios Metropolitanos de la ciudad. Existen algunos privados y de culto libre. Pero al pobre indigente, al gamín apuñaleado, al indocumentado, al que no tuvo nunca con qué vivir, no tiene tampoco cómo morirse. Porque la muerte es uno de los negocios más jugosos que existen, por lo menos en Cali.Leo que la Procudaduría, mediante una acción de tutela, va a obligar al Municipio a firmar un contrato de entierros con la Iglesia. Pero lo más aberrante del caso es que es el mismo Municipio el que está obligado a tener a disposición de sus habitantes un cementerio en el que quepamos todos, los ricos y los pobres. Y parece que jamás se ha dado por aludido. No es culpa del actual Alcalde. Es que jamás Cali ha tenido un lugar digno para que descansen los restos de sus ciudadanos más humildes. Lo dejó todo en manos de la Arquidiósecis, que olvidando la obra de misericordia de ‘enterrar a los muertos’, lo que se inventó fue una mina de oro. Además que funciona, como cualquier mina, bajo tierra.Los indigentes, los ancianos abandonados y recogidos por almas caritativas como el Hogar de Anabeiba, cuando mueren no son admitidos en ningún cementerio, si antes alguien no desembolsa el dinero contante y sonante. Y si no me creen, pregúntenle a ese apóstol con nombre de mujer, Alba Stella Barreto, en los apuros que se ha visto para poder financiar la sepultura digna de esos jóvenes que son víctimas de balas perdidas, de puñaladas y de esa violencia desatada que muerde a Cali por todos los costados, a tarascasos.La morgue, repito, no puede más. Ya se está convirtiendo en un problema de salud pública. Se amontonan los cadáveres. Exactamente igual que en Venezuela, donde todos los medios de comunicación publicaron una foto llena de morbo de la morgue caraqueña, con los cuerpos montados unos encima de los otros. Pues no nos rasguemos las vestiduras. Aquí pasa igual. La solución no es ningún contrato entre el municipio y los camposantos eclesiásticos. La Arquidiócesis debería dejar la usura postmortem y recibir gratuitamente, y con respeto, esos cuerpos que nadie quiso. Y el Municipio tiene la obligación de construir un cementerio, con todas las de la ley. Mientras tanto, pasan los años y la situación se agrava cada día más, porque la violencia sube, los muertos aumentan y los cadáveres se acumulan en una pirámide tenebrosa y oscura, en una espiral sin final.Mientras se resuelve este macabro problema, sugiero que esos cuerpos inermes sean depositados en frente de la Catedral, o en la plazoleta del CAM. O que se hagan piras funerarias como en La India y las cenizas de esas pobres almas sean devueltas al mar, vía río Cali.P.D. Transito por la avenida Cañasgordas a diario. El resto retorcido de ese automóvil donde perdió la vida un adolescente, víctima de los ‘piques’ suicidas, me golpea el alma. Un joven, al borde de empezar su vida, destrozado contra un poste. Víctima de la irresponsabilidad de los padres, de la droga, del alcohol y de la falta de control en las vías públicas. ¿Cuántos muertos más necesitamos para darnos cuenta que estamos perdiendo nuestra juventud, en todos los estratos socio-económicos? Los jóvenes que lo tienen todo, porque tiene todo menos normas, y los que no tienen nada porque lo único que poseen es el abandono y el maltrato. Lo que viene a ser lo mismo. Falta la presencia emocional, el amor, la disciplina y la enseñanza de los valores morales, cívicos y éticos. Sin ellos estamos condenados al precipicio sin fondo.

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