El vitral

Enero 26, 2016 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Cuando la pequeña Magdalena Sofía Barat, nacida en Vigny, tenía diez añitos estalló la Revolución Francesa. No sabía que su destino también cambiaria para siempre. Hija de un viñador y tonelero y de una mujer sensible y sencilla, su hermano mayor, sacerdote, se la llevó a vivir a París cuando las cosas se calmaron. Le enseñó latín, griego, humanidades, literatura e historia.Se volvió apasionadamente devota del Sagrado Corazón y en 1800, con tres compañeras, consagraron sus vidas a Él y fundaron la Sociedad del. Sagrado Corazón.Sus metas estaban dirigidas a la mujer. Después de la Revolución, el género femenino estaba, por decir algo, echado al garete. Descendientes de una ex burguesía frívola y derrochadora, y de hogares paupérrimos, conformaba un horizonte poco halagador, sin brújula ni valores definidos. Mucho menos metas educativas.Increíble, pero el tesón de Magdalena, enfocado a la formación de mujeres que habían quedado a la deriva, empezó a dar sus resultados y ya en 1865 tenía funcionando 89 casas entre pensionados y escuelas, con más de 9000 alumnas jóvenes, ricas y pobres. Los estudios hacían hincapié en los valores, el humanismo y el deporte.En 1908 el Sagrado Corazón abre sus puertas en Bogotá en la antigua hacienda de La Magdalena con 58 alumnas. Se estudiaba básicamente en francés, siendo sus primeras religiosas francesas.El domingo pasado el Sagrado Corazón de Cali, fundado en 1946 con 33 alumnas, cumplió sus 70 años de existencia y ubicado desde los 50 en el Valle del Lili. Actualmente se ha convertido en una institución mixta, trilingüe, con altísimos niveles académicos.Nosotras, las niñas de antaño, las que fuimos educadas por las discípulas de Magdalena Sofía, ya somos recuerdo. Pero llevamos marcada en el alma y en la piel, en la escritura y en los valores la impronta, la huella indeleble. Somos una familia extendida, unidas por el común denominador. No importa que dejemos de vernos. Que los años pasen. Estamos entrelazadas con nudos marineros.Fue emocionante el reencuentro. Entrar en La Capilla, con su enorme vitral de colores fuertes que nos muestra un Jesús con los brazos abiertos para abrazarnos y protegernos siempre, es como volver a casa. Esa casa que jamás hemos abandonado del todo, porque así los caminos nos hayan dirigido a destinos diferentes sabemos que existe ese refugio, ese hogar.Están lejanas las mañanas en ayunas, en las que con velo negro o mantilla blanca en la cabeza y con guantes hacíamos la genuflexión antes de recibir la Hostia Santa. O los pavores y sudores fríos que nos recorrían al hacer la cola ante el confesionario. O las rabias por tener que quedarse todo el sábado en la tarde haciendo planas. O el terror infinito de pecar y caer al infierno como las hojas en otoño.Pero siguen intactas y presentes las amigas. Compañeras de vida. Almas gemelas. Unidas en todos los instantes, dolorosos, alegres, inciertos. Unidas por años de carcajadas, travesuras, secretos compartidos.Me sigue emocionando el vitral. Ese es el Jesús que me gusta. El que me abraza y me quiere. El de colores. ¡Sí. Tengo y ostento orgullosa la impronta de pertenecer al Sagrado Corazón!

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