Duelo en las dehesas

Duelo en las dehesas

Febrero 21, 2017 - 02:38 p.m. Por: Aura Lucía Mera

“...A través de las ganaderías
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes
mayorales de pálida niebla”.
Federico Garcia Lorca

Un aire triste, como en el poema, recorre las dehesas colombianas. Ernesto González Caicedo se marchó, tal vez atraído por las voces secretas que lo llamaron a contemplar los toros celestes y orientar con sabiduría a los mayorales de pálida niebla.

Nos deja un enorme vacío en el alma. A sus amigos, a los aficionados, a la tauromagia, ese ritual que jamás lograrán acabar ni politiqueros en busca de votos ni animalistas fundamentalistas movidos por esa rabia interna fruto de la ignorancia y el resentimiento tan acendrado infortunadamente en el alma de tantos colombianos.

El iniciar este artículo, hoy domingo 19, me entero de que acaban de estallar un ‘artefacto explosivo’ que dejó decenas de heridos, para amedrentar a los aficionados de la Plaza de Santamaría en su última corrida de temporada. Otro acto de barbarie demencial, tal vez para presionar a quienes quieren prohibir de un tajo porque les da la gana, las corridas de toros en este país.

Vuelvo a Ernesto quien, con su hermano Antonio José ‘Tuco’, logró perpetuar la casta y el trapío de la original ganadería de Las Mercedes fundada por Ernesto González Piedrahíta en 1946, trayendo a Colombia la raza Santacoloma, una de las más puras de España, dividiéndose en 1980 en ‘Salento’ y ‘Ernesto González Caicedo’ .

Leo el obituario sentido que le escribió Jorge Arturo Díaz Reyes, cirujano y aficionado. Me uno a sus palabras: - “Hombre público, médico, político, gobernante, ganadero, investigador y aficionado. Lo recuerdo siempre en esa foto de niño de 12 años con una muleta de torear plegada bajo su brazo. ...Me apena su ausencia irreemplazable. La falta de su abrazo. El concurso de su brillante inteligencia”. “Conoció triunfos y derrotas, superó vicisitudes, siempre con la muleta bajo el brazo, siempre mirando altivo al frente“.

Recuerdo su sonrisa, su especial calor humano. Recuerdo cuando con Halma Valencia, su esposa, llegaban a Cañaveralejo a su barrera de sombra, la pareja más bella de los tendidos. Recuerdo a su padre, siempre impecable, un caballero a carta cabal, conocedor del “misterio de la genética” de los toros de lidia, que sigue siendo eso, un misterio. Recuerdo la casona de la Calle de la Escopeta donde se celebraban los remates y solo escuchábamos hablar de toros, y recuerdo a María del Mar, María Fernanda y María Ximena, de pequeñas, alegres y traviesas.

Me cuenta Ximena que Halma, quien hace años parece ausente por la enfermedad cruel que borra la memoria, cuando le dijo que Ernesto había partido para siempre, las lágrimas llenaron sus ojos. Ese misterio insondable del cerebro que guarda en algún lugar secreto las emociones, que son eternas.

Supe que el homenaje en la vieja iglesia del Berchmans fue ‘un lleno hasta las banderas’ como se lo merecía, y que “ese toro enamorado de la luna” elevó su melodía hasta la otra dimensión. No pude asistir. Pero Ernesto seguirá vivo en mi corazón, porque existen seres que jamás nos dejan. Porque siempre tendré su bonhomía y su sonrisa grabadas en mí y el mundo de la tauromaquia seguirá sus consejos sabios, frutos de su conocimiento profundo del toro de lidia, ese animal mítico y sagrado que a punta de pupitrazos lo quieren hacer desaparecer. Adiós, amigo. ¡No te vamos a olvidar!

PD. Taurinos de Colombia... ¿Nos vamos a quedar indiferentes ante la arremetida feroz y leguleya en contra de la fiesta brava? ¿Permitiremos que se extinga esta especie mítica y milenaria porque unos cuantos ‘animalistas’ de carátula quieren presionar por su extinción? ¿Dónde estamos los miles de aficionados que asistimos a los festejos en la capital y ciudades del país? ¿No defenderemos al toro? ¿Permitiremos que borren su derecho a existir? ¿Y los gallos? ¿Y el boxeo? ¿Y la lucha libre? ¿Y el coleo? ¿Y las corralejas? ¿Y... Y..?

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