Día del Padre

Día del Padre

Junio 23, 2015 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Las estrellas se alinean de nuevo. Recuerdo como si fuera ayer, un domingo 21 de junio, Día del Padre 1992. Nueva York. Acompañando a un hijo en una operación de su cadera. Me acompañaban Mamama y mi hija menor.Esa mañana tratamos de telefonear a Cali para desearle un feliz Día del Padre a ‘Pío’ como le decíamos al Patriarca de esta tribu divertida, peculiar, unida como una piña. Vano intento. Líneas congestionadas. No existían celulares ni internet. Aplazamos la felicitación para la noche. Salimos hacia la Iglesia de Saint John the Divine, cerca de la universidad de Columbia, famosa por sus coros. Así daríamos gracias a Dios por este día y escucharíamos esas voces únicas, en una ceremonia espiritual y artística.Recuerdo los coros, la Iglesia brillando en esplendor. Un sol de verano acariciado por la brisa del Hudson y el cielo azul pálido. Todo era armonía.Taxi para cumplir la cita en Little Italy. En el restaurante Il Cortile donde nos reuniríamos con el resto de la familia, dos tías y un primo. Brindamos con el coctel tradicional. Yo lo hice con mi coca-cola. Llevaba seis meses de abstensión. Almorzamos el famoso pollo y recordamos anécdotas de la familia alzando las copas por Pío en su día.Después caminamos esas callejuelas donde se mezclan los chinos y Buda con San Genaro y los italianos. Entramos a Ferrara para deleitarnos con sus helados que no tienen rival. Pasamos al Templo de Buda, prendimos incienso y compramos sombreritos chinos. Fotos. Besos a San Genaro encerrado en su urna. El milagro de la curación del cáncer del hijo siempre se la adjudiqué a ese santo más parecido a Elvis Presley que a cualquier talla adolorida y atormentada por las tentaciones.Caminamos un trecho largo, vitrineando, compramos palitos, llaveros con el I Ching y galletitas de la fortuna. Ya los pies cansados y el alma contenta, nos despedimos y regresamos al Surrey, ese hotel que se nos había convertido en un segundo hogar, testigo de un proceso doloroso que tuvo un final feliz.Se había llegado el momento de llamar a Pío. Nos apretamos alrededor del teléfono. Todos queríamos hablar. No alcanzamos a marcar. La llamada de Colombia entró primero.Me abalancé a contestar. El cuñado con voz apretada me dijo “Siéntense, les tengo que dar una mala noticia. Acaba de morir Pío”. Escuché mi voz dando un grito. Y solté el teléfono. Mi hija lo agarró, luego mi mamá, la tía, el hijo. Por un instante el mundo giraba en mi cabeza. Un frío helado me paralizó cualquier sentimiento. Quedé anestesiada.Llamar a Avianca. Arreglar maletas. Mirar el reloj para que la noche amaneciera rápido. Taxi. Aeropuerto. Inmigración. Despegué hacia Cali. Mi mamá, mis hijos, la tía y yo, autistas. Todos los movimientos mecánicos. Las palabras no salían. Las lágrimas tampoco. El mundo carecía de sentido. Un vuelo de horas que se alargaban conduciéndonos a enfrentar el silencio eterno, el adiós final. El no retorno.Pío esperaba en la funeraria. Vestido de un gris impecable. Su corbata inglesa. La última que luciría. Se veía más joven. Tranquilo. Ningún rictus de dolor o angustia. Estaba en paz. Abrí la caja del todo. Acaricié su cara. Besé su frente. Le repetí una y otra vez que lo amaba. Le pedí que me siguiera cuidando como había hecho desde el día en que nací.Han pasado los años. No ha pasado ni un minuto. Su presencia sigue viva. Me cuida y me quiere. Hoy se alinearon los astros. Fui a misa. Lo sentí cerca. Las lágrimas se apoderaron de mis ojos. Un nudo en la garganta. Los padres nunca mueren. Pío sigue vivo en mi corazón. Le mandé un beso y le di las gracias a Dios por regalarme ese hombre extraordinario y amoroso como papá.PD: Bogotá. Tarde gris. Recuerdo la estrofa de Verlaine. “Il pleure d as mon coeur/comme il pleut sur la ville. /¿Que’l est cette langeur /qui penetre mon coeur?”.

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