Desde Quito con amor

Noviembre 29, 2016 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

De nuevo en esta ciudad. En esta sierra ecuatoriana que me sigue hipnotizando desde hace ya incontables años. Desde la primera vez que la descubrí, iluminada y medio cubierta con un manto de niebla fina que la hacía ver como una ciudad sacada de algún cuento. Regreso cada año y me sigue cautivando como la primera vez. No sé rompe el hechizo. Al contrario, aumenta.Escribo este artículo desde ‘El techo del mundo’, situado en el último piso del Hotel Quito, desde donde en estos momentos diviso hacia el norte el Cayambe totalmente despejado, imponente, cubierto de nieve como si estuviera desafiando el calentamiento global, sabiendo que por la latitud geográfica, es el volcán más alto del mundo. Contrasta esa mole resplandeciente con el azul añil de este cielo equinoccial.Asisto a las dos corridas de Latacunga, una placita única, de tres mil espectadores, en la que he sido testigo hace dos años de la mejor faena de Morante de la Puebla y hace tres días de la única vez en que he visto a Enrique Ponce fundirse y entregarse sin reservas al toro, un Huagrahuasi muy bien presentado y con casta. Esa placita. Consagrada a San Isidro Labrador que esa tarde puso el agua y quito el sol, Ponce confesó con la voz entrecortada que había sido una de las más grandes y sentidas faenas de su vida.Roca Rey, actualmente es el rey de la torería. A sus diecinueve años es la figura que arrastra aficionados de todas partes del universo tauro mágico y llena las plazas. Madrid, Bilbao, Jerez, México, Lima... Fino, elegante, concentrado y enamorado de cada toro que lidia, respetándolo y compenetrándose con él, jamás un desplante, ni un pasito atrás. Entregado, ligando tandas como si estuviera enlazando con hilos de seda cada cadencia, cada remate.Visito San Agustín de Callo, ese palacio inca, el único habitado del mundo, que volvió a abrir sus puertas generosas y llenas de historia, a pesar de tener casi al alcance de la mano al Cotopaxi, ese coloso que despertó hace un año amenazando con sus fumarolas candentes y sus nubes de vapor. Continúo hacia el norte, pasando por el equinoccio latitud 000 y vuelvo a vibrar con ese valle del Cayambe. Continúo a San Pablo del Lago donde nace de las aguas el Imbabura, el ‘taita’ sagrado de los Otavalos, y se alza hasta casi tocar el infinito, poderoso, fuerte, agreste, con cara de volcán serio y definido. En su base, el lago, se tejen las totoras para fabricar las más bellas esteras.Finalizo en la hacienda Zuleta, indescriptible, llena de historias, desde la Colonia hasta la actualidad, propiedad de la familia de Galo Plaza Lasso, uno de los políticos más importantes que tuvo este país. Un valle rodeado de lagunas, bosques húmedos, donde se avistan los cóndores y se siente el poder intacto de la naturaleza en toda su majestad.En fin, me sobran palabras y me falta espacio para transmitirles una vez más la magia de esta sierra ecuatoriana. Un país situado en la línea equinoccial, rodeado de nevados, volcanes activos, valles insondables, páramos infinitos, lagunas misteriosas y su gente, tocada por esa magia que regala el sol perpendicular.PD. Sigamos el ejemplo de este país que a pesar de todos sus problemas ha sabido siempre convivir en paz. Me pregunto: ¿Pensamos por un instante en que seguirnos matando es la solución?

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