Delirio

Enero 25, 2011 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Exactamente. Eso fue lo que vivió el domingo pasado la Plaza de Toros Santamaría de Bogotá. Delirio porque llegó un rayo convertido en centauro y partió en dos la historia del rejoneo. Delirio porque la afición, con una Plaza en que no cabía un alfiler, se ponía de pie electrizada, con las manos en alto para bajarlas convertidas en cataratas de aplausos, y ovaciones que desgarraban gargantas y salían de lo más profundo de cada espectador, como si las emociones se hubieran apelotonado en un vértigo de éxtasis, estupor y admiración. Este delirio, ante el rejoneo de Pablo Hermoso de Mendoza, se tradujo en lágrimas de emoción, en miradas atónitas e incrédulas, en abrazos con los compañeros de tendido, en oleees roncos interminables, en palmas frenéticas hasta que las manos quedaban hirvientes y rojas, en olas humanas que rebrincaban a cada lance del centauro, a cada quiebre imposible de imaginar, ante la constatación de que lo imposible es posible, y que el jinete fundido en el caballo logra lidiar, templar, mandar y enamorar al toro. Porque lo que logra este hombre, mitad humano, mitad corcel, es eso, enamorar al toro, enamorar al caballo y fundirlos ambos en un romance que no tiene distancias, no reglas, ni terrenos vedados, ni secretos.No sé si es cierto o no que Hermoso de Mendoza habla con su cuadra de caballos, intercambian secretos, comparten confidencias, temores, ilusiones y travesuras. Lo que sí sé, porque lo vi ese domingo memorable que, repito, parte en dos la historia del Rejoneo, es que nadie, absolutamente nadie, había logrado cuajar este ballet perfecto entre toro y caballo. Ballet que retaba la muerte a milésimas de distancia. Ballet que lograba que toro y caballo se enfrentaran rompiendo Plaza cada uno en un extremo y que, cuando ya se iban a estrellar, este artista de lo imposible, lograba, en un quite casi alado, quebrar el recorrido y colocar la pequeñísima banderilla en el lugar exacto del morro del astado. Ballet que lograba que el toro galopara hacia las tablas y en el instante en que el corcel parecía encerrado en su laberinto, girara en redondo, y se alejara de su enamorado enemigo. Fue la Apoteosis. Y como escribe Antonio Caballero en su libro ‘Toreo de Sillón’, “Una apoteosis es una cosa muy seria. Una apoteosis es nada menos que la exaltación de un hombre mortal a la condición de Dios. Y eso no pasa a menudo... Se necesita la conjunción de muchos factores: artísticos, anímicos, tauromáquicos, sociológicos, meteorológicos incluso... Para resumir, una apoteosis como es debido requiere tres cosas fundamentales: Torero, Toro y Público...”. Pues bien. Sucedió: domingo 23 de enero. Plaza de Toros de Santamaría: Torero, Toro, Público y una cuadra de caballos engendrados por los dioses del Olimpo. Pablo Hermoso de Mendoza. Lidiador-Centauro. Pasará a los anales de la historia taurina, como un antes y un después. Rayo que partió la tradición de rejones en dos. ***P.D. No puedo dejar de mencionar la impresionante faena de Luis Bolívar. Un faenón de los que estremecen la médula de los huesos. Todo un maestro. Delirio en ovaciones de un público entregado a su maestría. No salió por la Puerta Grande... Tal vez el brindis equivocado le ocasionó el malfario... Pero estuvo en Maestro. Enhorabuena .Ya tendrá las puertas grandes del planeta taurino a su disposición.

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