Cuando las letras se despiden

Febrero 01, 2011 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Las calles quedan vacías, las castañuelas de los aplausos se evaporan con el viento, se apagan los computadores, la plaza de Santo Domingo recoge sillas y parasoles. Siento como si me hubiera quedado huérfana de repente. Un frío se apodera de mis huesos y un hueco se instala en el ombligo. Podría vivir eternamente inmersa en el mundo infinito de las letras. Como si fueran propios los dolores de algunas páginas, reírme con las carcajadas de otros, viajar por países intemporales, broncearme con soles espléndidos. Otras risas, otros soles, otros países y otros dolores, que son también los míos.Cuando descubrí, muy pequeña, que “mi-mamá-me ama” y “paco-le-toca-la-cola-a-la vaca”, y pude unir esas palabras en una cadencia, entendí que el mundo era infinito y nada ni nadie pondría límites a mi imaginación. Fui ‘La pequeña Lulú’, recorrí los paisajes helados con ‘La reina de las nieves’, me estremecí con ‘El gigante egoísta’, conocí y ame España con ‘Celia’, decidí escribir con ‘Mujercitas’ y mis primeras transgreciones se las debo a ‘Guillermo el conquistador’. Descubrí a Freud, Borges, El Decamerón, Madame Bovary, Jane Eyre, Thomas Mann, Stephan Sweig, Daphne de Maurier, entremezclando autores con protagonistas. La tragedia de María Antonieta se entrelazaba con la vida de Rebecca, y los enredos del subconsciente con la sensualidad de la Bovary.Los libros me moldearon. Me enseñaron a llorar. A rebelarme con las injusticias. A veces a perdonar a los malos. O repeler a los que eran tan buenos. Muchas veces estuve segura de condenarme por leer ‘libros rojos’ al escondido, con el corazón palpitante. Cuando me accidenté y estuve horizontal por un tiempo, los extraños personajes de Borges eran mejor alucinación que cualquier sustancia. Mis frustraciones las compartí con Gide. Mis rencores con Capote, mis ansias de libertad con Susan Sontag. Aspiraba a que mi vida fuera paralela a la de Lope de Vega, quien pecó mucho, pero antes de su viaje a la eternidad se arrepintió y Diosito lindo lo recibió con flores en una nube rosada llena de querubines. Todavía trabajo en ello.Aprendí que los locos somos los de afuera, y los sueños están encerrados en asilos. Aprendí a cuestionarme y a cuestionar. A entender que la infidelidad única es la que se tiene con uno mismo.Los libros han sido mis mejores amantes, mis amigos leales, los que siempre están al alcance de mi mano, no se molestan si los vuelvo a manosear, o los abandono hasta que sus hojas se vuelven amarillas. Me hacen llorar, pero también me hacen reír. Se quedan conmigo hasta que apago la luz ya con los ojos fijos, cuando las letras saltan y los párrafos se quedan inmóviles.Me zambullo ahora entre la lluvia y la niebla, la culpa y el perdón, la muerte y el amor entre las páginas de Phillpe Claudel, vibro con la pasión que le pone a la libertad Joumana Haddad matando a Sherazade. Me identifico con el ‘zorro’ del periodismo Miguel Ángel Bastenier, rechazo el negativismo de los fundamentalistas del cambio climático. Todavía me duelen las palmas de aplaudir a María Jimena Dussán por su valor y su dolor. Me rebelo contra ciertos moderadores del ‘Hay’ que aprovechan para sacar su ego a flote y le quitan la palabra al invitado. La verdad es que cada año, cuando el Hay Festival apaga las luces, me siento huérfana, vacía, triste. Volver a la rutina es un esfuerzo. Menos mal que en la maleta van cerros de libros con sus páginas nuevas invitándome, noche tras noche a pensar, a sufrir, a llorar o a soñar. No entiendo la vida sin libros. No entiendo que se puedan acabar jamás. La frialdad de una pantalla jamás podrá reemplazar la sensualidad de una hoja que se pasa, el calor de una página que huele a página, la carátula suave al tacto.

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