Cali verde, Cali frágil

Junio 09, 2015 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Cali nos ama. Siempre nos ha amado. Aún antes de que existiéramos nosotros o nuestros antepasados hubieran desembarcado de España, Asia, África o Inglaterra. Ya existía este piedemonte, bañado por siete ríos, cerca al mar, extendiéndose en un valle inmensurable. Sus Farallones apuntaban al cielo y las lunas gordas y naranjas llegaban misteriosas a regalarnos su luz.Sus atardeceres ya refrescaban con la brisa suave del Pacífico. Sus tormentas atronadoras ya caían estremeciendo los potreros del sur. Los arreboles destellaban antes de esconderse en los grises vespertinos.El amor de Cali a sus habitantes ha sido incondicional. Cali, capital del Valle desde 1910 siempre ha estado para nosotros. Ofreciéndose, ofreciéndonos con una generosidad infinita. Sin quejarse jamás.La hemos violado. Exprimido. Hemos envenenado sus vertientes, arrasado sus árboles, contaminado su aire, detenido la brisa del mar con torres jaulas de cemento. Socavado sus entrañas. Arañado sus montañas. Secado sus ríos.Es la hora, no solo de que hablemos bien de ella, sino que lo demostremos. Las palabras se tienen que convertir en acciones individuales que demuestren la reciprocidad de este amor. Palabras sin acción son huecas, se las lleva el viento.Se nos llegó la hora de actuar. Actuar individualmente. Si cada uno cambia, todo cambia.Respetemos las cebras para que los peatones puedan atravesar las vías con tranquilidad sin apurar el paso ni tener que santigüarse para encomendarse al Creador.Los motociclistas, enfundados en esos cascos terroríficos pueden transitar por la izquierda sin tener que zigzaguear enloquecidos de intolerancia dispuestos a atropellar al que sea, sin importarles nada ni nadie, ni siquiera su propia vida.Podríamos dejar de matarnos cuando termina algún partido de fútbol. O las noches de La Madre. O El Padre, que se han convertido en detonadores de toda las rabias acumuladas en el año.Podríamos, por ejemplo, dejar de apuñalearnos cuando pisamos una línea invisible de un barrio cualquiera.Podríamos tener la oportunidad de conducir con las ventanas abiertas. Sin ese terror que sentimos porque nos vamos a quedar sin reloj, sin celular o sin vida.Podríamos ceder el paso con amabilidad y no putear al conductor que trata de meterse en la fila.Podríamos integrarnos y dejar de repetir los clichés despectivos sobre los que viven en otros barrios. Somos hermanos de ciudad. No tenemos que ser hermanos de sangre derramada. Todos somos una mezcla de indio, negro y blanco. Y precisamente en esto reside nuestra fuerza, nuestro carácter abierto y espontáneo, nuestro amor por la música, nuestro valor. Todos somos iguales. Todos tenemos derecho a la vida, al respeto, a la dignidad y a la igualdad de oportunidades.En los trancones, en vez de apretar las mandíbulas y maldecir, podríamos alzar los ojos y observar cómo se mecen al ritmo de la música del viento las hojas de los árboles, la majestuosidad de las ceibas y su follaje dejándose acariciar por la brisa, elcoqueteo delicado de las palmas cuando se doblan y se tocan, los chiminangos que susurran sus canciones, y esos mangos con cadencias sensuales. Son verdaderas sinfonías que nos perdemos porque miramos hacia el suelo, como las gallinas mierderas. Nos perdemos de los arreboles cuando tímidos se esconden en los grises del atardecer. No nos damos cuenta del horizonte cuando la luna empieza a salir desde el oriente, ni nos despedimos del sol cuando se acuesta en los Farallones.Amar a Cali es demostrárselo. Darnos la mano. Ser honestos. Cuidar sus ríos. No socavarle sus entrañas. No odiarnos per se. No discriminarnos. Querer significa entrega incondicional. No saqueo ni corrupción.Pd: Para demostrarle ese amor se me ocurre que podrían aliarse Armitage con Roberto Ortiz y Clara Luz Roldán y así evitar que en octubre este Cali que decimos amar vuelva a caer en las garras de los buitres. ¡Amor significa acción!

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