Cali, capital del mugre

Cali, capital del mugre

Abril 05, 2011 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Algunos se rasgarán las vestiduras, espero que no las boten a la calle… Otros afirmarán en sus blogs inteligentes y constructivos que soy una vieja rencorosa, pesimista y que no le veo nada bonito al pueblo. Que cada uno piense lo que quiera y escriba lo que le venga en gana. Lo que no hay derecho es la suciedad en que vivimos. La que nos rodea. La que aceptamos como el pan nuestro de cada día.Los andenes de la rotonda de la Primera con Cincuenta, en el sur, dan asco. De nuevo los perros escarbando entre las sobras, las bolsas de plástico arrumadas, las cáscaras de frutas podridas, los recicladores, que no creo estén reciclando nada, escarbando entre la basura. Y todos pasamos varias veces por allí, ciudadanos, policías, políticos ‘dagmáticos’. Tan campantes. Es parte del paisaje urbano.Los pasajeros de busetas escolares y de adultos apretujados como racimos, botan por las ventanillas lo que se les viene en gana, bolsas de chitos, cáscaras, botellas de plástico. Y tan campantes. Es parte de la movilidad.Los paseadores de perros en el Oeste y las empleadas domésticas sacan a los canes a hacer las necesidades vespertinas o matutinas en los andenes o garajes. Ni de riesgo que llevan bolsita y guante o papelitos para recoger la multitud de bollos. Los dejan ahí. Y tan campantes. Es parte del amor y cuidado de los animales.En el MÍO no existen canecas de basura. Se le preguntó a una empleada, y contestó tan tranquila, “cómo se le ocurre que vamos a poner esas cosas… las llenan de basura”. El resultado es el tapete de papeles y desperdicios que alfombran y aroman las estaciones del maltrecho sistema de transporte. Y eso que todavía el gerente del sistema no ha tenido luz verde para instalar fritangas, ventas de arepas y chunchullo. Todos indiferentes. Formará parte de la modernización del transporte público.A nadie se le ocurra caminar por algún anden. Si no se mata en el fondo de una alcantarilla, queda totalmente pegado y oloroso, o con alguna costilla rota del resbalón que se mete al pisar una cáscara de cualquier cosa, o se queda pegado con un chicle.Las casetas de ventas ambulantes están siempre enmarcadas por un cúmulo de papeles, plásticos, cáscaras y cuanta porquería exista. Se las reconoce desde lejos, no tanto por su mercancía como por sus olores. Ni qué decir de las carretillas que venden mangos, zapotes, chontaduros y naranjas. Es parte de “darle de comer al hambriento”. Una obra de misericordia ambulante.Sobra decir que no existe un solo baño público en toda la ciudad. Cada cual que desagüe como pueda. Y si es más compleja la necesidad, pues que Dios lo bendiga. A propósito. La cantidad de gente que va a los centros comerciales simplemente a ‘aliviar el cuerpo’ no tiene límite. Y los aromas que salen de los respectivos recintos no tienen nombre. No los culpo.Estos ejemplos son puntuales. Me extendería ad infinitum si nombrara las escombreras, los basureros en la vía al mar, el estado de los caños, ríos, zonas verdes.Ni modo. Somos la capital del mugre. Con o sin salsa. Mientras no recuperemos el sentido de pertenencia y el civismo, aquí no hay nada qué hacer. Ni megaobras ni aceitunas en vinagre. Así nos planten flores y follaje en la parte visible para el estrato seis del río Cali.

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