“Yo tengo vida, también ustedes la tendrán”

Mayo 29, 2011 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

El lenguaje –aparentemente confuso- que Jesús empleó en el evangelio de Juan que hoy trae nuestra liturgia es, cuando se lee con cuidado, demasiado lógico y revelador.Conocer, permanecer, tener vida y amar, son las expresiones que utiliza el evangelista y que en labios de Jesús, significan la plenitud de su acción reveladora.Conocer, en cuanto nos es posible, el misterio de Dios es el encanto de todo cristiano; el permanecer nos compromete a vencer la inestabilidad tan propia de la condición humana. Tener vida es prenda del triunfo definitivo sobre el pecado y la muerte, cuya deuda saldó Jesús con su muerte; es la gran esperanza que nos regaló el Señor: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.No es acaso la vida un deseo primario que no queremos perder? ¡Cuánto luchamos por satisfacerla y cuidarla!Y amar… es la condición fundamental para vivir plenamente; no en balde es la necesidad más sentida que todos reclamamos, el amor. Amar y ser amado, repite San Agustín en sus confesiones, era todo cuanto perseguía y en lo que se empeñaba; nada duele tanto como no ser amado, o perder un amor. Mas en el contexto de hoy, la función del amor que nos posibilitará la visión y la posesión del Padre y del Espíritu, exige fidelidad y cumplimiento de los mandamientos del Señor. El evangelio es profundamente lógico. El amor a Dios -a quien no vemos-, pasa necesariamente por el prójimo que sí vemos y nadie podrá reclamar el derecho a la posesión de Dios en la eternidad, sino cumple como discípulo, las enseñanzas de Jesús. “No todo el que diga Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino aquel que haga la voluntad de mi Padre”, es decir, quien imite al Señor, ¡perdone como Él, ore como Él, ame como Él!La mejor prenda para gozar del don trinitario en la vida cristiana es la imitación, el ser verdaderos discípulos de Jesús de Nazareth.

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