“Yo soy la resurección”. Juan 11, 25

Abril 10, 2011 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Todo el mundo católico se apresta a celebrar el final glorioso del camino de la pascua: ¡Cristo resucitado! El dolor de la cruz y la aparente tiniebla de la muerte se han vencido por el gozo y la luz de Cristo vivo: es el misterio de la resurrección; de la vida sobre la muerte y de la luz sobre la tiniebla.Parecería inútil, y casi improcedente hablar hoy de resurrección y de vida, cuando campean enseñoreándose, la muerte, la violencia, el mundo de la intrascendencia, el imperio de la materia; mas aún, los avances científicos y tecnológicos parecen excluir el aporte a la vida del espíritu y la capacidad de gozar de un mundo diferente del que ordinariamente nos movemos: al hombre de hoy se le niega el gozo de saberse inmortal.Qué gran perdida para un sano humanismo es negar el anhelo ínsito en el corazón de todo humano de triunfar sobre lo caduco y perecedero, sobre lo limitado, finito y defraudante. ¡NO! Desde siempre el hombre se rehúsa a creer que es un ser para la nada, para la derrota y para la destrucción implacable; a Pablo de Tarso le asistía este argumente cuando enseñó a sus fieles de Corinto: “Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana, si nuestra esperanza en Cristo se limita sólo a esta vida, somos las personas más dignas de compasión” (1 Corintios 15, 17-18).No en balde ni con sentido diferente antes de su pasión Jesús había afirmado: “Yo soy la resurrección, el que cree en mi, aunque muera vivirá! (Jn 11, 25).De nada valdrían todos los bellos discursos, los milagros -incluida la resurrección de Lázaro- si Jesús hubiese permanecido bajo el dominio de la muerte. Pero no, “Cristo resucitó dentro de los muertos, como primicia de los que murieron” (1 Corintios 15, 20).La humanidad hoy adolece de esperanza, de razones para vivir y creer; la Iglesia los tiene desde que Jesús nos ofreció el paraíso, la vida eterna, la gloria de los hijos de Dios. Más que volver a la vida física como Lázaro, tenemos que resucitar en la esperanza de la Vida que no termina.

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