Un pan que se parte y se reparte

Julio 26, 2015 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Es curioso que en los cuatro Evangelios se narre ese gran pasaje conocido como la “multiplicación de los panes”, incluso uno de los cuatro lo duplica, es decir, cuenta dos veces la misma escena. ¿Había mucha hambre en tiempos de Jesús? ¿El hambre de pan nos hace remontarnos a Dios? Saciada el hambre, ¿ya no necesitamos a Dios? Surgen tantas preguntas a raíz de este bello pasaje bíblico.De momento me quedo con una frase que desde el primer libro de la Biblia, el Génesis, significa Bendecir: “creced, multiplicaos”, porque la bendición de Dios es sobre todo multiplicar. Dios quiere la abundancia para sus hijos y encima la regala generosamente. Somos nosotros, los seres humanos, los que no vemos las maravillas de Dios, nos gusta “agarrar”, “acaparar”, “guardar para nosotros mismos”, “especular con la escasez”, somos expertos en la “ley del embudo”: lo ancho para mí, lo estrecho para los demás. En la Biblia, el tema de la bendición de Dios que hace fecunda la tierra se realiza a través de la lluvia, ella es regalo divino y al ser humano regala Dios la técnica para conducir el agua a donde no puede llegar (en Palestina, en Israel se ha convertido el desierto en un oasis). Y siguen las bendiciones: En el ofertorio de la Misa dice el sacerdote: “Bendito seas Señor, Dios del universo, por este pan fruto de la tierra y del trabajo del hombre”.Dios ha hecho de cada persona un “administrador de la creación”, hemos de pedir continuamente la bendición del trabajo y la posibilidad de trabajar. Y está finalmente la bendición de la caridad. Existía una ley antigua en la Biblia: cada siete años se hacía una remisión de deudas, un perdón total de los préstamos para facilitar una situación igualitaria de reparto, para que las familias tuvieran lo suficiente para vivir. Solo Dios libera nuestro egoísmo y nos da la capacidad para dar. Esa bendición de la caridad es la que hoy hemos de pedir fuertemente. Jesús de Nazaret da gracias a Dios por los cinco panes y los dos peces y multiplica generosamente este alimento y así adelanta lo que será siempre su vida propia: un don total para la humanidad. Nos gustaría dar pan a todo el que tiene hambre, pero solo de Dios viene la bendición que rompe nuestro egoísmo y libera nuestras manos cerradas para compartir con los otros.

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