“¡Resurrección y Gloria!”

Abril 05, 2015 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

La mayor tristeza humana consiste en perder toda esperanza; con razón, afirma el adagio popular: “Lo último que se pierde es la esperanza”. Pero en el lenguaje cristiano, el mismo que ha inundado el mundo desde la resurrección de Jesús, la mayor y definitiva esperanza, que ya jamás se perderá porque ha sido ganada para siempre, es la Resurrección.Esta es la esperanza que no defrauda, el amor que engrandece, la Luz que disipa toda tiniebla, la gloria que a todos se nos ofrece.El Señor Resucitado es la plenitud de la vida, es la máxima novedad de la historia; es la oferta inigualable que solo El, por ser Dios pudo regalar a la humanidad.El momento actual no es apto para vivir y gozar de la Resurrección, ¿por qué? Porque nos ha tocado una sociedad perversa que pretende acabar con todos los valores trascendentales, léase espirituales, en los que solo se fundamenta una auténtica vida. El mundo de hoy niega a la humanidad la dignidad y la esperanza de ser grande, sublime como ninguna otra. La vida intrascendente sobrecargada de un materialismo que va dejando lastre en todos los estamentos del ser humano, se ha apoderado de los humanos; y lo peor es que desde la niñez donde se aprenden los grandes valores, ya se está condenado a gozar y disfrutar solo para esta vida, para este mundo.Coinciden muchos profesionales que tienen que ver con los principios humanistas y las ciencias médicas, que la angustia, la depresión y la confusión generalizada que padecen en gran escala no pocas personas, se debe a la pérdida del deseo de eternidad. ¿Qué puede concederle al espíritu, componente indispensable de toda persona, el disfrute de lo que apenas es transitorio y pasajero? Un mar de incertidumbres se cierne sobre aquellos que consideran la vida una tragedia y la muerte la peor condena. Para los hijos de Dios, por fortuna la existencia es un verdadero reto y la Resurrección la verdadera esperanza.Acaso, sea necesario redoblar nuestros esfuerzos para educar desde la primera infancia, más aún desde el seno materno, las vidas de quienes llamados a la existencia, han de ser iluminados con la luz que alumbra toda tiniebla y disipa toda incertidumbre.Con verdadera razón y no menor sabiduría, afirmaba el gran pensador del occidente cristiano Agustín de Hipona: “Ninguno espere merecer delante de Dios, cuando hubiere muerto lo que durante la vida despreció”.

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