Regresando de Roma

Mayo 19, 2013 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Es domingo de Pentecostés. Es, en cierto modo, revivir el nacimiento de la Iglesia, cuerpo de creyentes que prolonga la corporeidad visible, sensible y eficaz, del Señor Resucitado. Surge el sentido de Sacramento de Cristo dado por la presencia y acción de su Espíritu, Alma de dicho Cuerpo. “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. Jesús sigue contando como Persona entre los hombres y mujeres que invocan su Espíritu y se dejan ‘incorporar’ a su vida, misión y proyecto. El Espíritu Santo es lo opuesto a Babel (Génesis 11), en donde la pretensión inicial de endiosarnos (“seréis como dioses”), concluye con la tragedia de la incomprensión, la dispersión y el fracaso del proyecto humano sin Dios. Al contrario, la experiencia del Espíritu de Jesús y del Padre Dios genera un idioma común, un fuego interior, una transformación de las identidades y diversidades en aportes a la unidad. Cada uno mira hacia el otro y, juntos, miran hacia el bien común. Y la comunidad mira hacia “la faz de la tierra”, no se enclaustra en ella misma.Es este Pentecostés el que pude palpar en Roma durante estos maravillosos días de encuentro con el nuevo Papa, Su Santidad Francisco y de canonización de la mujer que llegó a los altares como primer fruto de santidad cultivado en Colombia, Laura Montoya Upegui. Roma, la vieja y bella Roma, en estos días primaverales, respira el aire de Pentecostés. El mensaje del Papa Francisco se ha vuelto un fenómeno gigantesco de masas, de oyentes y peregrinos, de televidentes y participantes en todo evento, ahora multitudinarios, en la Plaza de San Pedro. Un mensaje que lleva a todos a comentarse: lo entendemos, es uno de los nuestros, nos seduce su humildad y su palabra enfática, incisiva. Es la voz del pueblo. Al regresar a Colombia, siento que estamos aún lejos de Pentecostés. Aún no sabemos si hablamos el lenguaje de la paz o el de la demagogia: la de la fuerza, que ha cosechado réditos electorales en el gobierno, o la de la paz, sin poner en juego nada del esquema de guerra y del modelo económico que se tomó para él al Estado. Porque nuestra realidad política no es la de dos monedas diversas sino la de una sola con dos caras demagógicas: la línea de fuerza sola, o ella con la mesa de paz. “A las buenas o a las malas”, como recita el actual gobierno. Lo que quiere decir siempre: “A las malas”. Anhelo que Pentecostés ocurra para todos los ciudadanos y creyentes de a pié. Y que la Madre Laura ayude al actual gobierno a decidirse por la paz a fondo, con todos sus efectos, porque ni el pueblo ni Dios les perdonaría que la “mesa de paz” se vuelva pretexto para mayor violencia futura. Amén.

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