Reciban al Espíritu Santo

Junio 04, 2017 - 06:30 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

La solemnidad de Pentecostés que hoy celebra la Iglesia es, no sólo la venida del Espíritu Santo sobre la vida del creyente, sino también un hecho bien conocido por todos los cristianos. En la comunidad eclesial es el impulso primero que configuró a la naciente iglesia de los santos con sus dones y frutos; y en ella por la tradición a todos los que hemos tenido el gozo de experimentar al Señor Resucitado.

La cincuentena de días transcurridos desde la Resurrección hasta hoy, no sólo es un número pedagógico, sino también de contenido teológico o doctrinal; en la tradición bíblica significa cumplimiento pleno de la obra de Jesús que asumió el encargo del Padre, “padeció, murió y resucitó” como recitamos en el Credo.

Pero conocer esta verdad y no hacerla vida, equivale a rechazar las ofertas del Señor, quien nos repitió en su sermón de despedida: “Me voy pero les enviaré mi Espíritu que los confirmará en la verdad”.
“Cuando el Espíritu habita, llena, rige, obra, frena para el mal, excita para el bien, hace suave la justicia, para que el hombre obre el bien por el amor a la rectitud, no por el temor del suplicio”
, (afirma Agustín en el serm. 72 A, 2.).

Es la acción del Espíritu Santo quien cambia la actitud carnal de la vida de los creyentes, quien nos hace humildes, capaces de vencer la soberbia y la vanidad; es el Espíritu Santo quien es capaz de conservar la paz interior y exterior que tanto necesitamos y tanto bien nos hace; quien lo posee es capaz de discernir lo que conviene más al creyente. El don de la sabiduría que de Él procede, nos da la capacidad para entender qué es bueno y apto para nuestra vida de creyentes.

Es este mismo Espíritu quien nos da la fuerza necesaria para huir del mal, y combatir al enemigo que acecha y es también quien templa el alma de quien sufre para entender que significa el dolor y darle el sentido cristiano que consuela.

Sin su presencia nuestra voluntad es débil y seriamos incapaces de ofrecer perdón ante la agresión, la violencia y las sanciones más perversas de otros hacia nosotros. Que bello este pensamiento: “El Espíritu de Dios, cuando lo recibimos, también se hace nuestro”.

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