“Otro milagro: ¡ábrete!”

Septiembre 06, 2015 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Acostumbrados a mirar los milagros de Jesús que relatan los evangelios, como hechos extraordinarios que rompen el ritmo ordinario de la naturaleza, nos es difícil comprender que el mayor milagro de Dios es habernos creado, habernos hecho sus hijos y animarnos para poseer la eternidad bienaventurada. Herederos por gracia, que es donación inmerecida, cada ser humano es un milagro divino, por ello exclama el teólogo y doctor de la Iglesia San Agustín: “Por medio del milagro, (Dios) manifiesta a los hombres su presencia”.En los relatos evangélicos podemos contemplar varios episodios donde Jesús, que es Dios, compadecido de alguna limitación o enfermedad, acuden con su plegaria al Padre y su absoluta confianza en el poder que posee, a corregir, sanar, o incluso superar la condición de la muerte para volver a la vida.Las multitudes hambrientas que son saciadas, los leprosos que son curados, los paralíticos que recuperan su movilidad, los ciegos que pueden ver para contemplar los bellos tributos de la naturaleza, los sordos a quienes se devuelve la capacidad de escuchar y los muertos que son recuperados para la vida, no son solo relatos circunstanciales o milagros sin sentido teológico; al contrario, en todos ellos, Jesús regala a los sanados el horizonte de la salvación que es mucho mayor, o mejor ilimitado y que supera con infinitas creces la recuperación de un bien perdido, físico o mental.El “¡Effetá!, ¡ábrete!” que escuchamos en el relato evangélico de éste domingo es un grito y una invitación del poder de Dios a todo hombre que necesita abrir su corazón y por ende, su vida, a las palabras y a las invitaciones de lo alto; de nada sirve, poder escuchar, ver, hablar, caminar, e incluso vivir físicamente si no se posee la apertura del oído interior para escuchar y asimilar la invitación divina. Las limitaciones físicas que Jesús sana, tienen una repercusión de carácter sobrenatural: de suyo en no pocas ocasiones y sobre todo cuando se consideran como consecuencias del pecado, la invitación del Señor es habitual: “Vete en paz… que no te suceda más… no vuelvas a pecar”.

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