Nuestra vocación a vivir

Nuestra vocación a vivir

Septiembre 29, 2013 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

La vida humana se vuelve cada vez más miserable. Se la despoja de su dignidad, de su trascendencia más allá de la muerte, de su vínculo con el amor, de su belleza esencial y su misterio sublime. ¿En qué queda? En el “comamos y bebamos que mañana moriremos”. En el “sálvese quien pueda”. En el “quien más saliva tiene, más hojaldra traga”, o “el vivo vive del bobo”. En fin, cada lector podría ampliar estos decires relativistas del existir humano. Por eso es clave el mensaje de este domingo: nuestra vocación es al vivir como fin en sí mismo y como proceso de gestación en la vida terrenal. La tierra es como el vientre en el que la vida humana, pasando por el vientre de la madre, el vientre de la noche y el vientre del sepulcro, el vientre de la historia podríamos decir también, llegamos al “vere dies natalis”, al nacimiento definitivo. Como lo diría reiteradamente el Evangelio de hoy, al “Vientre de Abrahán”, imagen judaica del banquete mesiánico, del ir a “reunirse con sus padres”, es decir, con los patriarcas en la fe, como ocurre con el pobre Lázaro. “Afronta el combate de la fe hasta obtener la vida eterna, porque a esa vida te llamó dios”, dice Pablo a Timoteo en la segunda lectura. ¿Qué sentido tengo de mi vivir y mi morir? ¿Qué sentido cultiva nuestra sociedad sobre la vida y la muerte, sobre el destino personal y la destinación comunitaria, terrenal y celestial, de la vida de toda persona? Al constatar lo que cada uno hace de su vida y de la vida de otros, surgen las múltiples miserias de la vida de los humanos, que, por muchas y dolorosas, no pueden “tapar el cielo con las manos”, ocultando la trascendencia y grandeza infinita del don de la vida y del rostro de su Dador. Quizás todo se vuelve miseria cuando la noción, la gracia y el horizonte de la vida eterna se han borrado de la formación de la conciencia personal. Entonces la vida se vuelve bagatela, mercancía, pasatiempo, derroche, tragedia de dolor, ‘pasión inúti’” (Sartre). Volvamos al don bautismal de la fe: “Ella te da la Vida Eterna”, que “consiste en que te conozcan a Ti, Único Dios Verdadero, y a quien Tú has enviado, Jesucristo” (Juan 17,3).

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