Misericordia quiero…

Misericordia quiero…

Abril 03, 2016 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

La frase lapidaria pertenece a un profeta del Antiguo Testamento, Oseas, que ejerció en el Israel del norte hacia los años 782-753 antes de Cristo. El profeta denuncia un pecado capital: la infidelidad a Dios que se concretiza en el culto a Baal, dios de la fertilidad. Además, la infidelidad se concretizaba también en las alianzas políticas con Asiria y Egipto, cuyo poderío político y militar ocupaba el puesto de Dios. La destrucción del reino del norte no es la última palabra, Dios sigue amando a su pueblo y el perdón será concedido antes de que el pueblo se convierta. La frase completa está en el capítulo 6 verso 6: MIsericordia quiero, no sacrificios; conocimiento de Dios, no holocaustos. Jesús de Nazaret citará esta frase dos veces en el Evangelio de san Mateo, aplicándola a las relaciones humanas. Dios pide el amor al otro antes que su propio culto: “Si yendo a presentar tu ofrenda al altar, te acuerdas allí de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, ante el altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; vuelve entonces y presenta tu ofrenda” (Mateo 5, 23-24). Misericordia significa el amor que se traduce en ayuda concreta. En la Biblia, la misericordia es la cualidad dominante de Dios respecto a la persona; incluye los aspectos de compasión, ternura, clemencia, piedad, paciencia, tolerancia. En sentido estricto, todo beneficio de Dios a la persona tiene carácter de misericordia, pues no se basa en derechos o méritos humanos. En consecuencia, la Misericordia de Dios hace posible la conversión y la real transformación de la persona. Pero hay más todavía, lo anterior no se queda en conceptos abstractos que no conducen a la vida real. En el rostro de Jesús de Nazaret, en sus palabras y parábolas, en sus actitudes y en su manera de tratar a las personas, en su forma de vivir y de entregar la vida por todos, se ha mostrado cómo es Dios, cómo actúa, cómo vibra su corazón. Desde el año 2000 se denomina a este segundo domingo de Pascua, Domingo de la Misericordia. No se debe confundir con la piedad o devoción al Señor de la Misericordia, eso es otra cosa. En sentido litúrgico es el culmen de la octava de Pascua. La Pascua es el contexto dominante, la Pascua es el “paso liberador de Cristo venciendo el pecado y la muerte”. La Pascua es como “un gran domingo” que dura cincuenta días. El Papa Francisco ha convocado este gran Jubileo de la Misericordia (desde el 8 de diciembre pasado hasta el 20 de noviembre de este año) para ayudar a creyentes y no creyentes a descubrir aquello que da sentido a nuestras vidas, aquello que dignifica a cada persona, aquello que impide el sinsentido y el caos humano: El amor misericordioso de Dios hecho patente en el rostro sufriente de Jesús de Nazaret. No deja de ser curioso y sorprendente que en los relatos de la pasión de Cristo sea un centurión romano, uno de “otra religión”, el que confiesa abiertamente al ver cómo había muerto, dijo: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios” (Marcos 15,39). Ésa es la misericordia de Dios, que no aplasta ni domina, que entrega la vida hasta el final.

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